Lo que la cultura de masas considera arte está más cerca de ser un fraude orquestado por intereses económicos
Para entender el arte de hoy día no basta con leer el magnífico libro, El fraude del arte contemporáneo, de la historiadora del arte Avelina Lesper. El asunto va más allá y sobrepasa el propio campo artístico, que es, si se quiere o no, una dependencia de un sistema mayor: el sistema capitalista.
Lesper se centra, con mucha razón, en lo que es el arte como disciplina y lo que ha sido en la historia de la humanidad. El “error” está en hacer la comparación de ese arte verdadero que ella defiende, con uña y diente y como gata boca arriba, con los artefactos fabricados por la maquinaria comercial de las casas de subastas en combinación con los “coleccionistas”, los directores de museos y la participación del “artista”, instrumento clave para el engaño.
Y digo error, porque hay que entender que existen dos mundos con el nombre de arte. El que tiene sus raíces en la evolución de la Historia y el que usurpó el nombre para negar aquel y convertirse en un elemento de la Bolsa de Valores, valores monetarios.
El trabajo de Avelina tiene una enorme importancia porque, aparte de tener razón en sus argumentos en defensa del arte, es prácticamente, la única voz de denuncia al fraude llamado “arte conceptual”.
Lo peor es su soledad, que aunque no está en ningún desierto, pocos la entienden. Empezando por los mismos artistas que no tienen, y no tuvieron, en las escuelas de Bellas Artes, una formación teórica y menos conocen la historia del Arte. Muchos artistas, por esta misma ausencia de conocimientos y criterios sobre el arte, se confundieron y se confunden, buscan una fama que no es uno de los grandes motivos de su razón de ser, y dinero, aunque se conformen con migajas que suelte la poderosa maquinaria.
Esa confusión de querer fama y creer que la pueden lograr haciendo arte, se debe básicamente a que desconocen la existencia del mecanismo de la maquinaria.
Antes de la maquinaria existió el Congreso USA creado después de la ll Guerra Mundial para financiar “artistas” que se pusieran a su servicio, para atacar a la URSS, en aquella odiosa “Guerra Fría”.
Muchos artistas quisieron seguirle los pasos a Jackson Pollock, a Rothko, Motherwell, de Kooning, a Warhol. El único problema era que ese grupo estaba financiado, como lo documenta Frances Stonor Sauders en “The cultural Cold War”. Y todas las porquerías que hicieran, ya estaban vendidas de antemano.
Warhol, se sabe, era publicista, especialista en marketing y al entrar en ese mundo del Congreso USA, no necesitó hacer ninguna obra, simplemente creó la Fábrica, un séquito de sus amantes drogadicto, entre ellos Basquiat, para fabricar en serie cientos de láminas sin ningún valor estético, ya valorado, comercialmente, en millones que serían colocados en los museos, cómplices y parte del plan.
El fraude jamás tendrá categoría de arte





En todo este movimiento comercial tanto del Congreso USA como del actual “arte contemporáneo” se creó la figura del “curador”, una palanca que servía de filtro para seleccionar a los “artistas” y desconocer el arte, el arte verdadero o AV que coincide con las dos primeras letras de Avelina.
Antes que existiera esa mafia engañosa, el director de cualquier museo o galería , tenía la capacidad y era su función detectar la madurez en el desarrollo de cualquier joven artista, para exponer sus obras. No necesitaba de ningún curador, aunque sí había un decorador que entendía de la disposición de las obras al público. Y la decoración se estudiaba y aunque cercana a las Bellas Artes, no fue nunca parte de ella.
Hoy la llaman “instalación”, pero de eso nadie tiene que preocuparse porque pertenece al Mundo 2, sin ningun valor artístico.
El curador, como crítico, pretende ponerse por encima del artista mismo, le crea pauta, le elabora texto explicativos, le arma un discurso que es indispensable para engañar al público y a los artistas.
“La Palmita” que es arte del mundo 2, necesitó de ese curador para que no fuera una simple mata, sino una grandiosa escultura merecedora de un pomposo premio.
En un proyecto que no nos dio tiempo a realizar, Koldo con poemas, yo con caricaturas, queríamos hacer un libro que por alante empezara con figuras que aportaron al arte y a la historia como Sandino, Villa, Neruda, Allende, Vallejo, Duarte y otros, y al revés, de atrás palante, aquellos personajes oscuros, asociados a la destrucción, a la contra ultura, sin ética, sin moral.
El libro se iba a llamar “MUNDO E INMUNDO” y algo muy parecido ocurre en el arte. El que defiende Avelina es el MUNDO, regido por la estética, la armonía el buen gusto, la belleza, el talento, y el arte conceptual o contemporáneo , es el INMUNDO, regido por el valor monetario y compuesto de artefactos fabricados en serie, con una firma prefabricada.
La pitajaya puede ser roja o blanca por dentro. Por fuera es difícil diferenciarla. Como arte, se conocen hoy obras grandiosas, invaluables. Es la pitajaya roja.
El arte conceptual , como la pitajaya blanca, es el vacío, sin concepto, sin escuela, sin técnicas, sin nada, solo con el valor impuesto, a raja tabla, por el comercio.
