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La bestia no lo sabía entonces ni tenía porque saberlo, pero la venganza de los Bernardino terminaría costándole finalmente la vida. Había permitido o propiciado la muerte de Octavio de la Maza para complacer a la familia Bernardino y había tenido la cachaza de darle formalmente el pésame a la familia De la Maza. Dicen que llamó a Antonio, hermano de Octavio, para expresarle sus condolencias y hacerlas extensivas a todos sus deudos. Para afrentarlo más bien, escarnecerlo, mofarse de su dolor y desafiarlo impunemente. La bestia estaba acostumbraba a humillar e injuriar a sus súbditos sin temer a las consecuencias, pero esta vez habría consecuencias. Esta vez la bestia se había extralimitado. La bestia había firmado, sin saberlo, su sentencia de muerte.

En los años finales de la tiranía la bestia estaba fuera de sus cabales, fuera de control. Tenía serios problemas de próstata, tenía incontinencia urinaria y alguna vez se orinó en los pantalones cuando participaba en una fiesta. Su hombría estaba comprometida, comenzaba a fallar y le fallaba con más frecuencia, pero su instinto criminal, su naturaleza de fiera enardecida iba en aumento.

Algunos de sus más cercanos colaboradores —como Cucho Álvarez, por ejemplo— dan cuenta de que en esos años la bestia se había vuelto más difícil que nunca de tratar. “Tanto a Anselmo como a mí –dice Don Cucho en sus memorias—nos tocó lidiar un toro bravo”. Sin embargo, “sólo a algunos pocos nos tocó lidiar al toro herido en los albores de su agonía”. Varias de las más abominables atrocidades (aunque ninguna de la magnitud de la matanza de haitianos) las cometería la bestia en esa época, incluyendo el exterminio casi total de los 198 expedicionarios del 14 y 20 de junio de 1959, el atentado del 24 de junio de 1960 contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt (que finalmente lo indispuso con sus amigos del imperio), la brutal represión a que fueron sometidos los integrantes del Movimiento Revolucionario 14 de Junio, el brutal asesinato de las hermanas Mirabal el 25 de noviembre de 1960… Añádase a lo anterior el incremento de la intolerancia, el espionaje, el ensañamiento contra el pueblo durante esos últimos años del gobierno de la bestia.

Fue en el inicio de ese período, cuando el escándalo por la muerte de Galíndez estaba en su apogeo, que Bernardino consideró prudente regresar al país y colgar los hábitos diplomáticos. Había vivido en las entrañas del imperio y conocía mejor que nadie los juegos pesados de sus servicios de seguridad y los peligros a que estaba expuesto. El también podía desaparecer o podrirse en una cárcel o caer en malas manos.

Bernardino gozaba de un inmenso desprestigio y era objeto de repudio, un soterrado y público repudio, tanto en Estados Unidos como en Latinoamérica y su propio país. Pero en su país estaría más seguro, toda la vida estaría seguro en su país, antes y después de la muerte de Trujillo, sin que nadie le tocara prácticamente un pelo.

Para desgracia de sus habitantes el monstruoso personaje se estableció en las cercanías de El Seibo, se enrocó, como quien dice, en una propiedad a la que fue añadiendo nuevas tierras que dedicó a la ganadería y a la siembra de caña y que llegó a tener más de treinta mil tareas. Treinta mil tareas que de seguro adquirió con malas artes y probablemente con ayuda del demonio.

En el lugar construyó una confortable residencia, una especie de madriguera, propia de un señor casi feudal, y se convirtió en poco tiempo en uno de los más ricos e importantes hacendados del lugar, en una especie de líder o cacique de los ganaderos y granjeros, un poderoso y temido señor de horca y cuchilla que durante años daría rienda suelta a sus instintos criminales y cometería todo tipo de desmanes y fechorías. Alguien odiado, aborrecido, y sobre todo temido.

En sus tierras utilizaba principalmente braceros y peones haitianos a los que pagaba, por supuesto, un salario miserable y dispensaba un trato de esclavos. Haitianos y dominicanos a los que amarraba de un poste y torturaba y azotaba con fuetes mojados y marcaba con hierro candente de marcar ganado cuando le salía de los forros y de cuyas vidas disponía a voluntad. A sus vecinos, eventualmente, también les reservaba un trato vejatorio. Disfrutaba —como ya se ha dicho en otra ocasión— ejerciendo la crueldad, abusando de los débiles y no tan débiles. Incluso los grandes hacendados tenían que andar con cuidado y con recelo. Era un azote. Un azote del diablo. Se le atribuía el envenenamiento de una vecina y otros asesinatos. A un infeliz limpiabotas lo machacó a golpes porque supuestamente se le atravesó, se le puso delante del caballo.

Uno de los mayores motivos de orgullo del monstruoso Bernardino fue la creación de un grupo paramilitar que llamó Jinetes del Este, del cual formaban parte agricultores, ganaderos, comerciantes, profesionales, periodistas y también sus matones e informantes. A Bernardino le encantaba pavonearse y al frente de los Jinetes del Este se pavoneaba todo el tiempo. El grupo surgió a raíz de las expediciones guerrilleras del 14 y 20 de junio de 1959 y tenia supuestamente como propósito la defensa del gobierno de la bestia, del hombre a quien Bernardino siempre llamaba mi generalísimo. Para lo que sirvió fue para que Bernardino se luciera y luciera sus caballos de raza al frente de sus jinetes y para que muchos de sus miembros cometieran abusos.

No todos los participantes eran voluntarios ni se habían adherido de buena gana a los jinetes de Bernardino. Tampoco eran voluntarios todos los que tomaron parte en una agotadora marcha que se inventó Bernardino para exhibirse ante su querido generalísimo con el pretexto de rendirle homenaje o pleitesía en el día de su cumpleaños, que también era día de su santo. La larga marcha a caballo desde el Seibo a Ciudad Trujillo, llenó de terror a muchos de los jinetes, pero el miedo que le tenían a Bernardino era más grande y les sirvió de incentivo a los indecisos.

La organización del evento había sido traumática desde el inicio, desde que Bernardino se molestó por la tardanza de los asistentes a la primera reunión. Bernardino había llegado puntualmente al lugar a la hora señalada y en cuanto pasaron unos minutos sin que se presentaran todos los invitados se le metió el diablo en el cuerpo, si acaso alguna vez salía. Montó en cólera, un cólera profundo, y montó raudo en su caballo. Los retrasados estaban en un restaurante, terminando de desayunar, y al restaurante se metió Bernardino con todo y caballo y causó destrozos, le tiró encima el caballo a los desayunantes, atropelló a varias personas, incluyendo un honorable senador y quizás un gobernador.

La marcha fue todo un éxito a pesar de que muchos se desmayaron y llegaron a la capital más muertos que vivos. Otros no resistieron el viaje y algunos trataron de evadirla y la evadieron. Mandaron en su lugar a un sustituto e hicieron la mayor parte del viaje en automóvil. Al llegar a las cercanías de la capital subieron a sus monturas y empezaron muy orondos a desfilar con los demás jinetes por el malecón, en dirección al lugar donde pasarían con la frente alta frente a la bestia. Pero los chivatos de Bernardino los habían chivateados. Bernardino se había enterado y los hizo detener, los hizo apear vergonzosamente de sus caballos en presencia de la multitud que aplaudía y los veía ahora caminando con el rabo entre las piernas. l
(Historia criminal del trujillato [88])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Sebastián del Pilar Sánchez
“El temible Félix W”
(https://almomento.net/el-temible-felix-w/)
El libro de Don Cucho Álvarez
(https://hoy.com.do/el-libro-de-don-cucho-alvarez/)
Chichi de Js. Reyes
“Los jinetes del Este” (El Nacional, Imágenes de nuestra historia).

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