¿En qué idioma hablan los muertos?

El doctor Francisco J. Díaz es un dominicano especialista en patología forense, por lo que hemos podido averiguar en la web, vive en Washington, donde se desempeña como chief medical examiner (lo que equivale a jefe de Patología forense) del Distrito de Columbia (Washington, D.C.). Estos profesionales desempeñan una función fundamental en la investigación de homicidios y de causas de todo tipo de muertes, casi siempre las autopsias que realizan pueden determinar la condena o la inocencia de un acusado, de ahí que para la investigación policial moderna sus servicios son imprescindibles.

Hace unos días me llegó un libro escrito por este especialista, autor de muchas otras publicaciones científicas, al que he podido escuchar en intervenciones en programas de televisión que encontré en YouTube.

El libro en cuestión se titula Los muertos hablan en idioma forense, escrito con un estilo diáfano, casi dialogal, sin rebusques idiomáticos ni exceso de terminología médica, solo lo esencial, una obra que relata algunas de las tantas autopsias en las que ha intervenido el doctor Díaz a lo largo de su extensa trayectoria.

Pese a que los casos que menciona en cada capítulo están enmarcados en la fatalidad, en la tragedia de una vida perdida, queda para el lector el consuelo, acaso demasiado frugal como todos los consuelos, de que los culpables tienen que cargar con el peso de sus delitos, y en otros, como el del primer capítulo, la responsabilidad es del muerto, golpeado por una viga en plena carretera por haberse distraído mientras miraba pornografía en su celular.

Esos teléfonos inteligentes es el título de un capítulo que relata el caso de un oficial de policía que iba en su auto con su novia y su hijo, y mientras el niño lo llama papá, la mujer le promete una fiesta de cumpleaños, en tanto que en un bolsillo de su pantalón suena insistentemente su “Smartphone”. Cuando el hombre lo toma se da cuenta de que el aparato estaba en una llamada activa, y su esposa, que había escuchado todo, le dice que ni se moleste en volver a casa, lo recibe con las maletas hechas (las de él) y el hombre en un acto de desesperación termina estrellando su vehículo contra una iglesia, lo que fue catalogado como un suicidio.

El caso dio lugar a tres demandas, una de la esposa a la ciudad por negarse a pagar la póliza de seguro de su marido, otra de la novia que exigía la manutención de su hijo, más una tercera demanda a la oficina forense por haber determinado que fue un suicidio. Todas perdieron, la esposa porque, efectivamente, el hombre se suicidó, la novia porque la prueba de ADN demostró que el niño no era hijo del policía, ¿y el teléfono? Bien, gracias…

En Quince consoladores en una habitación de hotel, un hombre que llevaba varios años casado convence a su esposa de pasar una noche especial, para, supuestamente, reavivar la pasión con juguetes sexuales y una dosis de erotismo y sensualidad, pero resulta que la esposa muere en el hotel. La mujer tenía 45 años y, cuando les toca intervenir a los patólogos, los análisis de laboratorio revelan que ella había consumido una elevada cantidad de cocaína, lo que en principio les causa asombro.

En la habitación había quince consoladores de diferentes formas y tamaños, que fueron analizados como parte de la evidencia. Resultó que cada uno de estos “jugueticos” estaba impregnado de la droga, y eran “el vector” por el que la cocaína había entrado al cuerpo de la dama. El caso terminó con el hombre condenado porque no era la primera vez que hacía ese tipo de maniobra, obviamente para cobrar un seguro que, convenientemente, había contratado un tiempo antes.

El caso de La bibliotecaria resulta aterrador para cualquiera, porque narra cómo una mujer puede estar expuesta al acecho de un alienado, en este caso un señor obeso que llevaba un diario en el que escribía casi siempre informes sobre el tiempo, pero un día en una biblioteca una bibliotecaria le pregunta su nombre, lo trata muy bien, y a partir de ahí esa mujer comienza a formar parte de la extraña bitácora del hombre gordo. Ella nota su insistencia en pedirle libros para entablar conversación y comienza a enviar a otras personas a atenderlo. Finalmente, el hombre decide un día ponerse frente a un camión que lo arrolla y muere. Los patólogos encontraron en su abrigo un cuchillo de dieciocho pulgadas, y en el cuaderno, que había dejado en una parada de autobús, la última entrada decía que ese día pasaría una de dos cosas, o se mataría él o mataría a la bibliotecaria. Los patólogos decidieron guardar silencio, así que esa mujer nunca se enteró del peligro al que estuvo expuesta solo por desempeñar bien su trabajo.

El libro del doctor Francisco J. Díaz tiene cuarenta y ocho relatos y una galería de fotos relacionadas con algunos de ellos. Está escrito en un estilo llano, accesible a todo tipo de lector, y tiene entre sus méritos que, aunque la muerte no es, nunca y por ningún motivo un hecho que pueda tomarse a la ligera, permite entender las tantas y múltiples circunstancias en las que transcurre la cotidianidad de los profesionales que desempeñan sus tareas en laboratorios forenses, personas que día tras día tienen que lidiar con la investigación de las causas por las que se producen los decesos, gente que, de alguna manera, mientras realiza su labor, aprende a “conversar” con los muertos y, como dice el mismo doctor Díaz en algunos pasajes, ellos nunca mienten y a veces, son mucho más fáciles de entender que los vivos.

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