La Fortuna Escarlata: crónica de Nassau

La llaman “la república pirata”, pero eso no alcanza para describirla…

Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe

Capítulo 6: Amor y pólvora
El sol ardía sobre un mar de acero azul cuando la voz del vigía rasgó el aire desde la cofa:
—¡Velas al noroeste! ¡Un navío inglés!

La cubierta de La Fortuna Escarlata se agitó como un hormiguero. Los hombres corrieron a sus puestos, los cañones fueron cargados, y el capitán Graves subió al alcázar con la mirada fija en el horizonte. Allí, emergiendo como una sombra blanca y arrogante, avanzaba un buque de guerra de la Royal Navy, más grande y mejor armado que ellos. Su bandera ondeaba con orgullo, recordando a todos que el imperio no olvidaba ni perdonaba.

—¡Malditos perros! —rugió Graves—. Han venido a cazarnos como ratas. ¡Pues hoy aprenderán que La Fortuna Escarlata no huye de nadie!

Un rugido colectivo respondió, mezcla de valor y miedo. Elías sintió la garganta seca. Sabía que aquel combate no sería como los anteriores contra mercantes indefensos: ahora enfrentaban a un monstruo de cañones y disciplina. Se preguntó si vería otro amanecer.

Isabela, en cambio, brillaba con una furia contagiosa. Preparaba su pistola, aferraba la daga con fuerza, y se movía entre los hombres como si la batalla fuera un juego que había esperado toda su vida. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Elías, le lanzó una sonrisa encendida.

—¡Hoy escribirás la mejor historia de tu vida, inglés!

El choque comenzó con un estruendo que desgarró el aire. Los cañones del navío inglés vomitaron fuego, y la primera descarga sacudió a La Fortuna Escarlata, arrancando tablones y lanzando cuerpos al mar. Elías se cubrió instintivamente la cabeza mientras astillas ardientes volaban a su alrededor.

—¡Fuego! —ordenó Graves.

La respuesta pirata fue inmediata: los cañones escupieron proyectiles que se estrellaron contra el costado enemigo. El estruendo era ensordecedor, el humo de la pólvora convertía el día en noche, y el olor a azufre quemaba la garganta.

Elías corrió entre la confusión, llevando mensajes del capitán a los artilleros, con el corazón golpeándole el pecho como un tambor. No tenía pistola ni espada en la mano, pero sentía que cada paso era una apuesta contra la muerte.

Isabela luchaba en primera línea. Cuando los barcos se acercaron lo suficiente, se abalanzó junto a un grupo de piratas para arrojar garfios y preparar el abordaje. Una bala de mosquete rozó su hombro, desgarrándole la camisa, pero ella apenas lo notó. Sus ojos ardían de determinación.

Elías la vio y sintió un terror instintivo: si caía, no podría soportarlo. Reuniendo un valor que no creía tener, tomó un mosquete de un tripulante caído y se unió al combate, disparando a los casacas rojas que respondían desde la cubierta enemiga. El retroceso lo hizo tambalearse, pero el disparo dio en el blanco. Por primera vez, Elías sintió la adrenalina del combate en la sangre.

El choque llegó cuando los cascos se golpearon con un crujido. El abordaje fue inevitable: piratas e ingleses se lanzaron unos contra otros, hierro contra hierro, gritos contra gritos. La cubierta se convirtió en un torbellino de pólvora, sangre y furia.

Isabela estaba en el centro de la tormenta, esquivando estocadas, hundiendo su daga en gargantas, disparando a quemarropa. Elías, aunque torpe, se mantenía a su lado, bloqueando ataques que la amenazaban, protegiéndola con una desesperación que lo hacía más feroz de lo que jamás había sido.

En un momento, un oficial inglés de espada larga se abalanzó sobre Elías. El muchacho apenas tuvo tiempo de alzar el sable; el choque lo derribó contra la borda, y el enemigo alzó la hoja para el golpe final. Entonces Isabela apareció como un relámpago: clavó su daga en el costado del oficial, que se desplomó con un rugido ahogado.

—¡No te mueras todavía, inglés! —le gritó, tendiéndole la mano—. Aún no hemos visto la isla.

Elías, jadeando, tomó su mano y se levantó. En ese instante comprendió que su vida estaba atada a la de ella, que solo tenía sentido mientras la siguiera, aunque fuera hasta el fin del mundo.

La batalla continuó sin tregua. El capitán Graves, con espada en mano, dirigía a los suyos con una mezcla de furia y locura. Finalmente, tras horas que parecieron días, los ingleses comenzaron a ceder. La disciplina de la Royal Navy no bastaba contra la ferocidad de una tripulación dispuesta a morir antes que rendirse.

Cuando el sol empezó a caer, el navío inglés ardía en llamas, mientras La Fortuna Escarlata, maltrecha pero victoriosa, se apartaba con las velas chamuscadas y el casco herido. Los hombres piratas lanzaron gritos de triunfo, aunque sus voces estaban quebradas por la fatiga y el dolor.

Elías se dejó caer en la cubierta, exhausto, las manos aún temblorosas. Miró a Isabela, que se limpiaba la sangre —ajena y propia— del rostro. Ella se acercó, lo tomó del cuello de la camisa y, sin una palabra, lo besó con furia, como quien reclama un botín ganado con sangre.

El beso fue breve, ardiente, y luego ella se apartó, riendo.

—Ahora sí, inglés —susurró—, estamos malditos juntos.

Elías no respondió. Solo supo que, en medio del infierno de pólvora y muerte, había encontrado algo más fuerte que el miedo.

Aquella noche, mientras los sobrevivientes atendían las velas desgarradas y los heridos gemían en la enfermería improvisada, Elías escribió en su cuaderno: “Hoy el mar nos probó con fuego y sangre. Vi la muerte en cada esquina, pero también sentí que mi vida tiene un rumbo claro: seguir a Isabela, aunque me lleve a la locura o a la gloria. El mar nos reclama, y yo no pienso huir.”

La Fortuna Escarlata, herida pero indomable, continuó su camino hacia la isla maldita. Y en sus entrañas, dos corazones jóvenes latían al mismo compás, sellados por la pólvora y el amor.

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