Antonio Gómez Sotolongo
Correo-e: [email protected]
Muy a menudo es posible leer afirmaciones que nos indican que la música es algo así como el remedio para muchos males, un Bálsamo de Fierabrás que de ingerirlo -en el caso de la música de escucharla-, podemos alcanzar estadios superiores como seres humanos, podemos enmendar las malas conductas y proporcionar y proporcionarnos felicidad sin fin. Dicen que sirve: «para expresar, escuchar, callar, cambiar, ser diferentes, ser iguales, unir, fortalecer, armonizar, equilibrar, definir, ser únicos, convivir, reflexionar, divergir, coincidir, motivar, apoyar, alcanzar, volver a intentar, imaginar, inspirar, etc.», y mucho más. Dice Dudamel, por ejemplo, que la música tiene un poder de transformación social.
Pero la música, por sí sola, por lo que es físicamente, por las vibraciones de las que está hecha, solo tiene el poder de tocarnos el inconsciente y, aunque verdaderamente puede provocarnos estadios de bienestar, esto es solamente una reacción primaria. Al escucharla, nuestro inconsciente reacciona de tal o cual manera; pero, si queremos que todas esas sensaciones se conviertan en pensamientos y esos pensamientos en acciones, la música que escuchamos debe pasar del inconsciente a la consciencia y para que se produzca esta transformación, la música, por ella misma, no sirve para nada. Es la Educación Musical y los adecuados hábitos de escucha el medio imprescindible para conseguirlo.
El arte se transmite a través de un lenguaje que utiliza signos muy específicos, los que debemos conocer para poder comprender su mensaje. Así, como aprendemos a hablar en otro idioma, debemos esforzarnos para comprender los códigos en los que se expresan las artes. Esa es la premisa para que el arte nos emocione, debemos conocer su lenguaje y para eso es necesario un serio proceso de aprendizaje. No es un entretenimiento, no es una diversión, es un acto de satisfacción espiritual, y eso no se consigue con el espíritu ausente.
Pocas veces el público se interesa espontáneamente por las obras del Arte Universal, así que en la banda sonora que acompaña a millones de personas no están las obras de Pergolesi, Bach, Beethoven, Mozart, Verdi, Roldan, Caturla, Ginastera, Ponce, Revueltas, y muchísimos compositores que han creado obras inmortales. De tal modo, una de las vías más certeras para acercar la obra al público es la educación artística. Es el método más efectivo para que el público pueda disfrutar a plenitud obras tan monumentales como la Pasión según San Mateo, de Bach, La noche de los Mayas, de Revueltas, La Traviata, de Verdi o Pacific 231, de Arthur Honegger.
Por lo general, cuando leemos la biografía de algunos de los que hoy se consideran grandes clásicos de la música Occidental, o cuando conocemos a melómanos que disfrutan de manera inteligente la música, podemos conocer que desde muy pequeños estuvieron entre familiares y amigos que tenían la música como afición o profesión, que tuvieron desde muy temprana edad unos hábitos de escucha que fueron reforzando a través de toda su vida y conocieron las leyes de la estética, aprendieron a descifrar, como en un hermoso juego, las intenciones que los compositores plasman en sus obras, y aunque aquí me estoy refiriendo a la música, esto aplica para todas las artes, no es posible llegar a emocionarse ante el Guernica de Picasso, Las Meninas de Velázquez, el David de Miguel Ángel o ante Sugarcane City under the starry night de Ángel González Urrely sin conocer las reglas del juego.
La música no sirve para nada a quienes no se esfuercen en comprender el lenguaje de las artes. Para disfrutarla a plenitud es necesario conocerla y apreciarla, porque la música no es un ungüento mágico. La música no sirve para nada sin un proceso de enseñanza-aprendizaje adecuado, porque la educación musical es la condición indispensable para que la música y las artes impresionen los sentidos del público.
A menudo se escuchan voces hilvanando consignas como: «Conciertos en mangas de camisa», «el arte para el pueblo», o se leen en la prensa inauguraciones de mega instalaciones mientras la falta de presupuestos impiden que profesores bien cualificados sean contratados en las escuelas de arte, e impiden también que las escuelas de arte tengan las mínimas condiciones para albergar a una sustancial población de estudiantes.
La música no sirve para nada si los productos que venden los músicos de primer cartel, que no es ni más ni menos que estados de bienestar y felicidad, se comercializan a precio de pulga porque en ese círculo vicioso los posibles clientes no han aprendido a disfrutar la música de manera inteligente. No han tenido hábitos de escucha apropiados en el seno familiar y las escuelas carecen de instalaciones convenientes y de profesores calificados.
El ungüento que pudiera aliviar muchos males, si no se aplica bien, como cualquier medicamento, no cura al enfermo y a veces lo mata. No es casual que las sociedades en las que más música de «alta gama» se consume, sean aquellas en las que más y mejor educación artística se le brinda a los ciudadanos.
Y otro tuerto en el camino del disfrute de las artes salta muy a menudo cuando a los que no tuvieron un entorno apropiado para conocer las reglas del juego de las artes, en lugar de elevarles la educación se les llevan obras disminuidas. En lugar de elevar el público a la obra de arte, se menoscaba la obra para ponerla a la altura del ignaro, dizque «mejor los populares porque los clásicos aburren».
Así que la música no sirve de nada si el público no conoce las reglas. Es el mismo caso de alguien que va al pley y desconoce por completo lo que es un jonrón, verá a miles de fanáticos explotar de entusiasmo y a otros miles llorar de tristeza y él en medio no entenderá absolutamente nada.
Solo cuando cada cual se esfuerza por conocer las reglas del juego, cuando se esfuerza por descifrar, como en un hermoso tablero, lo que dicen los compositores en sus obras, se consigue que el genio salga de la lámpara y el Bálsamo de Fierabrás nos haga efecto.
Santo Domingo, 16 feb. 2026. l
