El hombre que retrató a Cervantes pasó con el autor del Quijote a la inmortalidad
Don Miguel caminó toda la calle empedrada por el borde de la muralla que protegía a Madrid desde el año 850 cuando Muhammad l la construyó y la llamaba Mayrit, pasó por la Catedral, cuyo nombre se borró con el paso del tiempo (quizás porque estaba mal medido en un destartalado reloj de Sol), hasta llegar al estudio de Jáuregui. Tocó tres veces y del otro lado sonó el aldabón que liberaba el portón. Lo soltó todo en el taller de su amigo Juan que además de pintor era poeta. Era una mañana de junio y se aflojó la pretina, se quitó los pantuflos y el cuello escarolado que le hacía sudar igual que las medias de seda, el coleto y los guantes.
-No Juan, no me dé tu tisana, prefiero una jarra de agua fresca como para un batallón que acaba de llegar de La Meca.
-Tómese su tiempo vuestra excelencia que yo solo le hago el boceto y queda usted liberado del fastidio de la pose. Se va como gaviota que regresará a la próxima sesión.
Tres cosas desatan la lengua desde siempre: un sillón de barbero, un butacón de artista para posar y una copa de vino bien fermentao. La Inquisición agregó muchos más con los diversos instrumentos de torturas que poseía para imponer todo a rajatablas.
La seriedad de ambos, concentrados en lo que le correspondía, los dejó mudos hasta que Cervantes volvió a la carga con la carga del relato largo que preparaba.

-¿Y en fin, qué somos? No somos nadie, somos una repetición de todo, somos unos copiones, una réplica humana de lo que nos enseñan y nos obligan a ser. El padre ladrón tendrá hijo corrupto; familia fanática religiosa, hijos prisioneros de una “fe” que tiene respuesta a todo; hijo educado en las apuestas, jugador vicioso; hijo que ve en su niñez el maltrato a los animales, un futuro psicópata y violento; hijo que vea maltratar a su madre hará lo mismo con su mujer. Padre lector, hijos lectores, o, como dice Sancho, “hijo e culebra salen larguitos”.
Vuestra lealtad al rey es una hipocresía de costo bajo en maravedíes. Vuestro gusto e inclinación a comer cebolla no es como la del caballo que le corre por sus venas y que si no hay yerba se negara y preferiría morir que jartarse un buen tasado de oveja.
-Y yo que pensé que a todos los cristianos les gustaba la cebolla…
-Te gusta porque te enseñaron. Y eso resuelve el problema de la eternidad que tanto preocupa a Quijano. Somos una cadena que aprende y reemplaza al otro anterior. Y si leyeras, como un servidor lee, todos los libros que existieren y existen bajo este cielo que nos cobija, fuera, sin la duda de un ejército, un caballero andante que todo el reino de mi reina necesita para limpiar de herejes, canallas y malulos, de la faz de la tierra, que nos corresponde. Y lo haríais con mucho gusto y sobrada alegría que es lo más importante además de la buena compañía de alguna Dulcinea que endulce vuestro lar y se ocupe de espantar amarguras y pesares de vuestro corazón.
Don Juan ya no oía ni veía aquel rostro que en su habladería no usaba ni puntos ni comas en su conversatorio, que ya era como si hubiese leído su novela que él con tanto entusiasmo escribía de noche con su pluma y con su palabrería que repetía a sus amigos, de día.
Regresó Don Miguel a su casa, de la calle Huertas, donde estaba a punto de terminar la primera parte de su Don Quixote de la Mancha y sus aventuras con su escudero, el bueno, ingenuo y alegre Sancho.
Cuando pasó por la Plaza de la Cruz Verde, sintió que lo seguían, que unos ojos, desde aquella tarde gris, lo acechaban en cada esquina, ojos que más adelante admitió eran de unos gatos hambrientos y en celo que le evitaron batirse en duelo, lo que trasladó a uno de sus capítulos para que fuese el Quixote quien realizara aquella hazaña.

Y todo lo que aprendió de la humanidad, que fueron lecciones grandes y muchas, a lo largo y ancho de sus 60 años bien cumplidos por la gracia y bendición de su Dios Omnipotente, las acotejó en graciosas aventuras en cada capítulo que él escribió, él mismo y con su pluma, sin descansar hasta el último aliento del año 1616 cuando terminaba el segundo tomo que completaba el primero.
Juan de Jáuregui Pinxit terminó el retrato que dejó colgado en su taller o soñó que lo hizo y quizás hasta se imaginó que visitó su amigo que, de tanto leer libros sobre escritores y viejos filósofos, se declaró escritor y nadie le pudo parar su pluma que se humedecía en una tinta que él mismo fabricaba machacando carbón mezclado con agua y unas cuantas gotas de aceite de oliva.
Tan bien escritas estaban sus aventuras, decía Jáuregui, que todas daban mucha risa y parecía que no terminaban nunca, como un cuento de Las Mil y una Noches.
Muchísimos años después de la muerte del pintor en el 1641, el retrato de Cervantes anduvo por España de pared en pared como si fuera un caballero andante y, los críticos, que nunca faltan, decían que no correspondía al escritor que perdió la mano izquierda de tres arcabuzazos en la batalla naval de Lepanto y que se pasó varios años en una cárcel de Argel donde los árabes le llamaban Saavedra que luego se supo, quería decir “aquel que tiene un brazo chueco y retorcío”.
