Luidía, entre el alboroto y las pausas del silencio

Una “voladora” lo trajo de Bonao, él decía que era un ovni, y aterrizó en la UASD

Luis Díaz Portorreal llegó a la UASD en 1970 con una guitarra al hombro, un bultico de tela (probablemente de los que usan para cargar gallos de pelea), una greña de moda (herencia de los Black Panthers de la UCLA), una rabia por la muerte de un pariente cercano que “cayó en la guerrilla”, y unas enormes ganas de joder, que fue el potencial para su creación musical.

Esa UASD no es la de hoy, como lo afirma el profesor Nino Feliz cuando declara: “La Universidad Autónoma de Santo Domingo no es hoy ni sombra de lo que fue porque se ha producido un pacto con el clientelismo y su modelo gerencial ha tocado fondo. Debemos rescatarla devolviéndola a la sociedad que le dio origen”. Era la UASD de aulas polvorientas, de prestigio académico y de un estudiantado rebelde de hijos de Machepa, asfixiada por Balaguer.

Tenía grabada en su memoria las clases de Juan Zorrilla y Tatán Jiménez que no lo soltaron ni siquiera cuando oyó a Jimmy Hendrix y Carlos Santana, años después.

De tanto oír rock en Bonao y antes de emprender su aventura hacia la facultad de Psicología, quizás para descifrar sus propios sueños, se dio una alocá, gritando como hippy en viaje por las constelaciones, en el grupo “Los Chonnys”, como para corroborar con Cervantes, aquello de la pegajosidad de las circunstancias y que comúnmente llamamos influencia.

Luis Díaz dejó muchas huellas indelebles

El día que la voladora que lo trajo desde Bonao, y que él aseguraba era un ovni, aterrizó en la UASD, conoció un “viaje de tígueres” que habían hecho el mismo recorrido, aunque desde otros lugares.

De todos ellos, la cabeza más fosforescente era la de Dago, un “maldito tíguere” que, a lomo de bicicleta, macuto de cuero en bandolera, chancletas brasileñas y experto en sembrar hielo, los juntó a todos en un “convite” que hizo historia en los “7 Días con el Pueblo”.

Las canciones de protesta y/o de contenido social, frenaron en seco la avalancha de melcochas españolas, empapadas de amargura, resentimiento, violencia sutil y presentadas como baladas, cuando en el fondo no eran más que “bachatas finas” y de las que hay que excluir al Bravo Nino. Luis Díaz las cargaba de la ternura campesina, de las visicitudes de algún pobre cuero o, echándole gas, de cualquier expresión de pobreza.

El país en aquel momento tenía dos tipos de juventud: 1. Una libre, con la misma sensibilidad que se transmite de generación en generación con espíritu patriótico y creativo y, 2. Otra indiferente que seguía al pie de la letra el mandato de “ni se te ocurra meterte en vainas”, aunque se metieron en las filas del Reformista.

Nos topamos en la Casa de Ginebra cuando este todavía no era Freddy y exhibía unas corbatas y perfume de banquero progre. Allí nos conocíamos todos y formábamos, sin estatutos, ni siglas, ni membresía, un amplio “comité” de diversas características y, con el arte, como un sello de brújula de Marco Polo.

Nos volvimos a ver en La Habana en 1978, en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, el mismo año que formó parte de Madora, interesado en el jazz y él intentando hacer injertos con ritmos y cantos campesinos como si quisiera fundar una “churcha” con sus GodSpell y sus aleluyas aunque más cercana a Liborio, Mamá Tingó y los guloyas que a los come-yaniqueque de Samaná.

Siguiendo, quizás, los consejos de Balbuena, se fue a New York entre el 1980 y el 82 con Laura Sklar haciendo de Natalie, sin Plaza Roja, ni Café Pushkin.

Pero parece que los placeres querían acabar con Luis en todos los colmados de Ciudad Nueva. Con su Transporte Urbano se bebió todos los tramos con un fiao que pudo honrar cuando le cayeron las monedas de la Shakira y otros copiones.

Fue implacable con los mediocres a quienes no soportaba, por ridículos y “limpiavidrios”, aunque a muchos tuvo que venderle algunas creaciones para sobrevivir y que hoy, con una ingratitud mayor que la imbecilidad que les chorrean, pretenden disminuirlo.

De la fuente de Luis bebieron muchos de manera directa o indirecta en aquellos que “se inspiraron” de sus investigaciones, n’est pas?

Luis no era un artista del sistema ni tampoco tenía un bombillito entre las piernas. Como él mismo cantó, vivía de bufeo en bufeo, corría como si fuese a ganar el Maratón de Boston y, el que se atreviera a vocearle “hijoeputa tecato”, interrumpía su carrera y le entraba a trompá limpia a cualquiera. Un TERROR, en cualquier ring. Quizás sea por eso que el Negrito de Villa lo insulte ahora, para evitar que le jinchen el bembe… así sí es bueno!

Duluc, más parecido a Bob Marley, pero como conguero, le luciría “el piropo” de los parentescos, que esconden un no reconocer en Luis su autenticidad e identidad propia.

Conseguí muchos casettes con la Bebé, antes de irme al Polo Norte y luego los dejé en el AGN para que Juan Bautista los bautizara e incluyera en las colecciones de música. Una Joya.

Luis, sin duda, vivió entre el alboroto silvestre de Andresito Reyna y las Pausas del Silencio… sinfónico.
(nota: escrito sin chatGPT ni IA)

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