Microrrelatos de Lovelia Octaviani Morales

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Esta semana en “Espejo de tinta”, nuestra invitada es Lovelia Octaviani Morales, quien se define como voluntaria cultural y eterna aprendiz de la vida. Nacida en Ponce, criada en Guánica, educada entre Lajas y el Recinto Universitario de Mayagüez. Ahí completó su bachillerato en Estudios Hispánicos, luego de divagar por las calles viejosanjuaneras y colaborar con reseñas musicales para la revista en línea de la Fundación Nacional para la Cultura Popular. Ha publicado en diversas revistas literarias y obtenido premios en varios certámenes como el de la Universidad Politécnica de Puerto Rico y el de microcuentos Las dos Orillas auspiciado por el Ministerio de Cultura de la República Dominicana. Hoy día se desempeña como correctora de textos y espera plasmar sus apalabradas locuras en un libro próximamente.

En esta entrega, Octaviani, como fina alfarera nos presenta ordenadamente una serie de piezas breves que exploran la fragilidad de la percepción y la tensión entre lo real y lo onírico, donde presencias inquietantes, recuerdos difusos y estados de desasosiego configuran una atmósfera de asedio interior. A la vez, proponen reflexiones sobre la ilusión de las fronteras, la incidencia de gestos mínimos en el destino y el carácter efímero de los sueños. En los textos finales emerge una poética vinculada al sur, al mar y a la caña, en la que la naturaleza y la historia, con sus marcas de violencia y poder, se entrelazan simbólicamente para abordar la memoria y la identidad.

la sombra del grito
Un vuelco de hoja o un levantón de polvorín. Cuando volteo la cara, el indescifrable espectro huye a la velocidad del sonido. No da tregua. Ni de reojo puedo mirarlo porque pierdo la noción del tiempo. A veces, me despelleja la nuca con un grave susurro y balbuceo un día nuevo.

Quisiera constatar lo que vivo, pero hasta mi mejor amigo se lanza una resonante carcajada a la mínima discusión del tema. Si supiera que la propagación de su escéptica burla alienta el camino de la sombra, enmudecería al instante.

Hay noches que despierto repentinamente boca arriba con las greñas colgadas del abanico y las piernas al borde de la aluminada ventana. Creo que pasó la noche conmigo. El recuerdo es vago, pero el tatuaje de nubes negras y gotas de acero sobre mi espalda permanece intacto. A esta altura, la mucha tiniebla impide que vea la hora.

Mi cuarto es un horno de tormentas pasadas por aire.

Quizás se fue la luz y del miedo volé al techo. A lo mejor es una tarde de cansancio con luna llena. O simplemente una pesadilla recurrente en momentos de extrema nostalgia. Solo sé que estoy ronca de tanto gritar al olvido.

Como nadie responde intento abrir la puerta de hierro con el brazo izquierdo y un caudaloso viento despejó mi cabeza de tanta lluvia enmarañada. Al rescate vino la etérea figura -esa incesante furia que endereza el extenuado canto en estruendoso amanecer- para soplar en tono barítono mis antiguos amarres y caer de pie otra vez. Lista para el mañana. Temblando de miedo.

Partida y punto
Como el horizonte surca el océano desde cualquier trinchera, el navegante nunca naufraga cuando la estación flota. solo sucumbe al vaivén de una frontera que no existe.

El tercer ojo

Fue al parque a lanzar una mirada a la fuente y una onda expansiva sorteó la frente con monedas que desfiguraron su futuro.

De la brevedad del sueño

Cuando la nube era de queso y la lluvia roía la polvorienta torre donde el elefante almacenaba un hilarante mundo en su torre de marfil, también dormía embelesado en la resbalosa trampa del ratón.

Sur adentro

La superficie es tóxica para el ciudadano de abajo. En los bolsillos carga agua salada proveniente del hadal. No hay que subir para estar siempre en el aire, si es que en el talud la deriva es selectiva. Nadie se hunde. Entre manglares rojos, solo se renace.

Naturaleza sangre

Al pie de una sombra candente y particularmente florida, se levanta bordeando la bahía el enorme bosque en pleno invierno. un encantamiento nativo detuvo su expansión verdorosa, casi como anticipando la entrada -eras y eras más tarde- de un ensimismado generalísimo con su flotilla dando tremendo pisotón sobre la punta de una espina en celo.

Melaza

El sur es una ventana abierta esperando la venida de la lluvia. Y con lluvia me refiero a otra vertical ola de calor feroz. Y con ola quiero decir al néctar que se acumula en el fondo de un depósito donde se desangra lo que queda de una vaina dulzona, dura y filamentosa. Y con calor feroz intento definir el esfuerzo inconsecuente de cerrar la ventana antes que venga el divino viento del sur, esa brisa marina que trae consigo azúcar del cañaveral formando sendo hormigueo en los resquicios del dintel. Y con sendo hormigueo solo deseo reiterar cómo las paredes tiemblan cada vez que la habitación se tizna de canción.

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