Yofinelly García Peralta
Especial para elCaribe
En el camino de descubrimiento de la obra de Guillén nos encontramos con que ofrece una intensa exploración de la identidad caribeña que se vio marcada por el mestizaje, la herencia africana, la lucha social y la constante discriminación. Sus “Poemas Negros,” describen, dan voz y ritmo a una realidad compleja, tomando como recurso un lenguaje que nos sumerge en los tonos de habla popular caracterizada por aquellos sonidos vibrantes y despreocupados.
El eje central que sitúa este análisis se ve motivado por cuatro de sus poemas encarnan dicho carácter: “Los negros trabajando”, “Ayé me dijeron negro”, “Canto negro”, y “El negro mar”, también comparando los recursos estilísticos utilizados por el autor y destacando los temas predominantes en ellos y cómo estos se entrelazan con el concepto de mestizaje en el Caribe.
Los cuatro poemas experimentan similitudes temáticas. Sin embargo, son abordados desde perspectivas y tonos distintos.
“Los negros trabajando” y “Ayé me dijeron negro” son los poemas que abordan de forma más directa la crítica social y la conciencia de la discriminación.
En “Los negros trabajando”, Guillén transforma sus palabras en vividas imagenes del puerto, una forma reducida de la estructura social de la época colonial:
“Los negros, trabajando
Junto al vapor. Los árabes, vendiendo,
Los franceses, paseando y descansando,
Y el sol, ardiendo.”
La imagen que presenta Guillén es una poderosa metáfora de la desigualdad económica y racial. Los negros se asocian con el trabajo físico y agotador, bajo la rudeza de “el sol, ardiendo”, mientras que los franceses, representantes de la élite, disfrutan del “paseando y descansando”. El lamento del hablante es emotivo, “Yo grito: ¡Guadalupe!, pero nadie contesta”, subrayando un sentimiento de aislamiento e impotencia dentro de un sistema que solo sabe ser opresivo.
En cambio, “Ayé me dijeron negro” mantiene su enfoque en la discriminación interna y la negación de la propia identidad racial por parte de algunos mestizos que buscan ascender socialmente. El poema es un grito de reivindicación y autoaceptación. La anécdota central es un insulto fallido:
“Ayé me dijeron negro
Pa que me fajara yo:
Pero e que me lo desía
Era un negro como yo.”
El giro irónico reside en que el insultador es de su misma raza, lo que lleva a la famosa estrofa que desenmascara la hipocresía del colorismo:
“Tan blanco como te ve
Y tu abuela sé quién é.
¡Sácala de la cocina:
Mamá Iné!.”
“Mamá Iné” es el símbolo de la raíz africana que se intenta esconder en la “cosina” (cocina), el espacio inferior, pero cuya existencia es innegable. El poema es un llamado a la honestidad racial y al reconocimiento de la herencia africana como parte del mestizaje caribeño.
En contraste con la denuncia social, “Canto negro” y “El negro mar” se centran en la celebración rítmica y sensorial de la herencia africana.
“Canto negro” es quizás el ejemplo más genuino de la poesía afrocaribeña de Guillén. Su tema principal es el ritmo, el sonido y la danza como manifestación espiritual y cultural. El poema está inundado de palabras sin significado conceptual, pero que evocan sonido, y un ejercicio de onomatopeya que busca replicar el sonido del tambor:
“¡Yambambó, yambambé!
Repica el congo solongo,
Repica el negro bien negro;
Congo solongo del Songo
Baila yambó sobre un pie.”
El lenguaje es puramente acústico, con frases como “Mamatomba, serembe cuserembá” y “Acuememe serembó. Aé; yambó, aé”. El poema no tiene una narrativa, sino que es un acto de sumergirse en la musicalidad y la euforia impulsiva (“El negro canta y se ajuma
El negro se ajuma y canta”), afirmando la vitalidad de la cultura africana en el Caribe.
“El negro mar” es más subjetivo y sensorial, utilizando el mar, un elemento geográfico central en la identidad caribeña, como un símbolo de la negritud profunda y misteriosa. El mar es más que solo un cuerpo de agua, se transforma de tal forma que adquiere identidad racial: “El negro mar”. El poema mezcla la imagen nocturna y soñadora del mar con la aparición de la mujer mestiza, la “mulata de oro fino, ay, mi mulata de oro y plata”. La conjunción del “mar hambriento y masculino” con la “mulata de oro y plata” es una sugerente metáfora del mestizaje como un encuentro sensual y poderoso entre la naturaleza -el mar negro, masculino- y la belleza caribeña-la mulata, femenina y mestiza-.
La genialidad estilística de Guillén se destaca en su capacidad para integrar el lenguaje popular y los ritmos africanos en la estructura poética clásica, logrando una poesía rítmica, musical y auténticamente caribeña.
En “Ayé me dijeron negro”, vemos el uso de: “Ayé” (Ayer), “pa que” (para que), “desía” (decía), “é” (es), “cosina” (cocina). Esta fonética no es un error, sino una decisión estilística que subraya la realidad lingüística de los personajes y el entorno.
En “Los negros trabajando”, aunque es más formal, la presencia de “Guadalupe” (que remite a las Antillas francesas, un contexto de trabajo y migración) y la sencillez de la combinación también apuntan a un registro directo.
La musicalidad es el alma de Guillén. En “Canto negro”, la repetición anafórica y la jitanjáfora crean un ritmo de tambor constante. Las frases rítmicas como “Tamba, tamba, tamba, tamba” y la rima interna en “congo solongo del Songo” son puramente percusivas. Este recurso estiliza la cultura africana y la convierte en la base estructural del poema.
En “El negro mar”, el ritmo se logra a través del estribillo o la repetición de un verso clave:
“Por entre la noche un son,
Desemboca en la bahía;
Por entre la noche un son.”
La repetición de “Por entre la noche un son” actúa como una ola que avanza y retrocede, imitando el vaivén del mar y la cadencia de la música que se escucha en el puerto.
Guillén utiliza un simbolismo conciso y poderoso para vehicular su mensaje: En “El negro mar”, el mar es “negro”, un símbolo de la raíz africana, que se opone y se une a la “mulata de oro y plata”, colores que aluden a la mezcla y el valor.
En “Los negros trabajando”, la personificación del mar que “se acuesta” y el aire que “tuesta / las palmeras” intensifican la atmósfera opresiva del trabajo. El mar en “El negro mar” es también “hambriento y masculino”, dotándolo de una fuerza telúrica y sexual.
Por otro lado, el mestizaje, entendido como la fusión cultural y racial de las herencias europea, africana e indígena, es el trasfondo y el subtexto de toda la obra de Guillén:
En “Ayé me dijeron negro”, el mestizaje es visto como una fuente de conflicto interno y negación. La persona que insulta al hablante lírico busca distanciarse de su propia raíz negra (“Mamá Iné”) en un intento de aproximación a los cánones de la blancura hegemónica, ilustrando la presión social y el colorismo que resultan del encuentro de razas.
En “El negro mar”, el mestizaje se identifica en la figura de la mulata, que es el modelo de la belleza caribeña. Ella es de “oro y plata”, una combinación de metales preciosos que simboliza el alto valor y la riqueza de la mezcla. La unión sensual de la mulata y el mar negro es una metáfora de la fusión de culturas que da origen a la identidad caribeña.
Aunque no se trata directamente sobre la mezcla racial, “Canto negro” es un ejemplo de mestizaje cultural y lingüístico. Guillén integra la musicalidad, el ritmo y el léxico (o la evocación léxica) africana, como “Yambambó” y “Mamatomba”, dentro de la estructura de la poesía en lengua española, creando una forma poética híbrida que refleja la mixtura de la cultura caribeña.
Es así qué, la trascendencia de estos poemas de Nicolás Guillén es inmensa. Su obra no solo es de una alta calidad estética por su manejo magistral del ritmo, la oralidad y el simbolismo, sino que también posee un profundo valor sociológico y político.
Guillén logra lo que otros poetas negristas, a menudo blancos, solo rozaron: la auténtica voz de la experiencia afrodescendiente. Al utilizar el dialecto, los ritmos del tambor, y el tema de la injusticia social, dota a sus poemas de una fuerza revolucionaria y fundacional. Él no se limita a describir el “folclore” afrocaribeño, sino que lo integra como una fuerza viva y activa en la construcción de la identidad nacional y regional.
Al final, la poesía de Guillén, ejemplificada en “Los negros trabajando”, “Ayé me dijeron negro”, “Canto negro” y “El negro mar”, es un canto a la autoafirmación y a la dignidad. Es una obra que descoloniza el lenguaje y el ritmo para celebrar la riqueza del mestizaje caribeño, recordándonos que la cultura y la identidad son el resultado de la unión, a menudo conflictiva, de todas las raíces que componen la región. Su contribución es una de las más relevantes y duraderas en la literatura universal.
