Pedro Antonio Valdez nació en La Vega en 1968. Según lo que pudimos rastrear en internet sobre su formación académica tiene un título en Filosofía y Letras y completó estudios en lingüística y literatura en la Universidad del Caribe, fue fundador del Taller Literario Estudiantil, del taller La Matrácala y cofundador del Ateneo Insular, es autor de varias novelas, entre ellas El carnaval de Sodoma, que fue llevada al cine por Arturo Ripstein en 2006, ganador de varios premios y es también autor de Papeles de Astarot; La rosa y el sudario: Bachata del ángel caído; Palomos, entre otras obras.
El libro de Pedro Antonio Valdez que comentamos en esta página es Dominicanos, un título que no dice nada y sugiere mucho menos, hasta que, al asomarnos a sus páginas, nos encontramos con textos llenos de vitalidad, que retratan la cotidianidad dominicana en algunas de sus manifestaciones más comunes y hasta las más traumáticas, incluso la de los dominicanos que forman parte de la diáspora, en páginas por las que campea un humor crítico y una visión que, si bien no es desengañada, es más bien pesimista, porque revela un trasfondo de descreimiento y desconfianza, típicos de la mentalidad del dominicano en general, que tiende a desconfiar no solo de los líderes y referentes, sino de todo el sistema.
En el primer relato, Relación acerca de la ruina de la Concepción, Valdez traza una suerte de investigación que reconstruye un “tirijala” entre el gobernador o alcaide del poblado de la Concepción, que había perdido a su familia en un naufragio y se llamaba Alonso Lucas, hombre que soñaba con calzarse las vestiduras de virrey y que había mandado a construir un fastuoso cementerio en el pueblo.
Nunca se nos dice el nombre del obispo, que se opone a esa construcción lujosa que considera un monumento a la vanidad, y se niega a enterrar allí al primer muerto, un indio al que el propio alcaide y sus hombres mataron para que su cementerio quedara inaugurado, pero el obispo se niega porque los indios eran, en ese entonces, “bestias sin alma” por más bautizados que estuviesen. El segundo cadáver, una dama distinguida, doña Flor de la Inmaculada, blanca y cristiana, tampoco pudo ser sepultada en el camposanto, porque su última voluntad había sido que la enterraran en el cementerio de Nuestra Señora de la Vera Paz, adonde finalmente es enviada. Don Alonso Lucas, frustrado porque no puede inaugurar su camposanto, decide suicidarse, pero la fecha era 2 de diciembre de 1562, día en que un terremoto sepultó a la ciudad, no sobrevivió una sola alma ni quedó piedra sobre piedra, de modo que hasta el mismísimo cementerio quedó sepultado.
El voto es el título de otro de los relatos, posiblemente el más hilarante de todo el libro, por la descabellada situación que relata y por el carácter del personaje que narra los hechos. En un país que vive en campaña electoral y donde los políticos acaparan el espacio en todos los medios y todos los días, ocurre lo impensado, lo impensable; nadie acude a votar en unas elecciones y, por lo tanto, es imposible para el titular de la Junta Central Electoral hacer un recuento de sufragios y determinar un ganador, de manera que se lanza una nueva convocatoria electoral: el Congreso aprobó leyes que castigaban con prisión a quien no votara… “A nosotros nos reclutó un mayor de la vieja guardia, vale, y nos organizó como a una banda de paleros, tal como hacíamos antes, en los buenos tiempos, cuando el militar era militar y el civil no era gente. Vamos a ver quién se atreve a no votar ahora, carnal”, dice el personaje que narra. Pero las urnas retornan vacías, aunque en una de ellas aparece un solo voto, y cuando el director de la Junta Central lo despliega, resulta que la papeleta estaba en blanco, sin una sola marca, de manera que ante la posibilidad de declarar un ganador gracias al único voto emitido, el país se polariza, los guardias se dividen en bandos que se amenazan unos a otros, los políticos hacen declaraciones tremendistas en la prensa, pero, dice el narrador para concluir: “Si para algo son especialmente buenos los políticos es para hacer negocios”, entonces todo vuelve a la normalidad porque, al fin de cuentas, el sistema se había salvado gracias a un solo y único voto.
En el cuento titulado Contrapunto: Luis Vargas vs Federico Chopin el protagonista es un académico dominicano que vive en Nueva York, un hombre que, además de estar orgulloso de su formación y de su estatura intelectual, toma sus pastillas, cumple con su horario de trabajo, no se mete con nadie, rehúye el ruido, y mientras prepara para una de sus clasees un resumen del ensayo “What is poetry?”, de John Stuart Mill, escucha el étude número 3 in E Major, Opus 10 de Chopin, pero desde un piso de abajo del mismo edificio comienzan a escucharse los compases de la bachata Esa mujer, de Luis Vargas, que se impone con su ritmo pegadizo al piano clásico que él escucha y, como todo intelectual, se queja, exige que quiten o bajen esa música, pero lo que no puede evitar es que ese ritmo se quede en su memoria, con su letra de amargue por un amor perdido… Esa mujer de la que hoy le hablo/ con el pecho desecho, esa mujer/ mi cuarto, mi carro, mi cama y mi radio/ Oh, lleno de recuerdos, todo ella lo dejó… esos compases pegadizos resuenan en la memoria del intelectual, hasta que sus alumnos se dan cuenta de que él está tarareando esa bachata, y es como si se hiciera realidad esa décima de Juan Antonio Alix del “negro tras de la oreja” que no se puede negar por mucho empeño que se ponga en hacerlo.
Hay más relatos en este libro de Pedro Antonio Valdez, todos escritos con la misma exquisita calidad, con el cuidadoso lenguaje del orfebre que trabaja con puntillosa dedicación cada frase, que incluye uno que otro dominicanismo en el pasaje exacto, y que nos arranca una carcajada con las salidas de algunos personajes o una sonrisa, ese puente que, según Sigmund Freud, salva el abismo que se abre entre el absurdo y la lógica de la realidad.
En su monumental novela Adán Buenosayres, el escritor argentino Leopoldo Marechal habla de un “humorismo angélico” y sugiere que la sátira “puede ser una forma de la caridad, si se dirige a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres”.
Aunque no estamos ante un libro de chistes, sino más bien ante un retrato de la condición humana del dominicano, con todo lo que subyace en lo profundo de su espíritu, un sustrato que Pedro Antonio demuestra conocer a cabalidad, y que dibuja en el lector esa sonrisa angélica de la que hablamos.
Este tipo de humor, ajeno a la crítica despiadada o a la descalificación total, es el que asoma en las páginas de Dominicanos, un libro en el que Pedro Antonio Valdez nos invita a recorrer algunas de las características más hilarantes de la mentalidad dominicana, acaso como una forma de hacer realidad lo que alguna vez escribió Epicteto: “El que se ríe de sí mismo nunca se queda sin cosas de las que reírse”, y los dominicanos, pese a las vicisitudes que jalonan su accidentada existencia como nación, han aprendido a lo largo de los siglos a reírse de ciertos problemas y de ciertas situaciones, Pedro Antonio no analiza ni explica nada, simplemente nos muestra cómo lo hacen y nos invita a reír con sus historias.
