Siete al anochecer (9)

Rafael Leónidas Trujillo Molina.

La más mas bella revolución de America
(última parte)

El asesinato de Virgilio Martínez Reyna y su esposa fue algo tan aberrante y cruel, tan abominable y escandaloso que no quedó conciencia sin sacudir en todo el país. Provocó sin duda una conmoción que dejó a muchos horrorizados.

El hecho quería demostrar y demostraba que no había nada ni nadie que el nuevo mandatario respetara o respetaría en el futuro. La conmoción fue tan grande que hasta Jacinto Peynado, un funcionario pusilánime y plegadizo, se atrevió a escribir una carta de renuncia que se propuso entregar y no entregó a Estrella Ureña.

Antes de que pudiera consignar el documento -relata Crassweller- Trujillo se le apareció en el despacho visiblemente emocionado y casi lloroso, lacrimoso, y le hizo un drama, toda una escena dramática digna del mejor histrión. Explotó en un bien fingido arranque de indignación y estuvo a punto de endilgar a Estrella Ureña el haber instigado la muerte de la conocida pareja.

Si lo que dice Crassveller es cierto, el fingido balance o desbalance emocional de Trujillo en ese momento era tan precario que rompió a llorar o por lo menos a gimotear. Puso a Dios por testigo de su inocencia, imploró que lo castigara junto a toda su progenie si acaso era culpable. Peinado quedó tan impresionado, o quizás más bien tan aterrado, que no entregó la renuncia.
Virgilio Martínez Reyna no era un guerrillero ni un cacique, no se había alzado ni se alzaría en armas, y sólo tangencialmente se había dedicado a la política durante un periodo en el que, sin embargo, casi por poco sucumbe a un atentado. Era periodista, escritor y poeta, era un patriota, un hombre que inspiraba admiración y respeto y su limitada influencia residía en su ascendiente moral, además estaba enfermo y prácticamente retirado y aislado y no representaba para nadie un peligro. Pero unos meses antes, cuando Horacio Vásquez convalecía en el extranjero, se había puesto de acuerdo con Alfonseca, el vicepresidente de Horacio Vázquez en funciones de presidente, para tratar de despojar a Trujillo de su flamante cargo de jefe del ejército, jefe como quien dice del país...Y el Jefe se la tenía jurada...

“Y una noche -cuenta Rufino Martínez-, los asesinos, puestos de acuerdo con el comandante del Departamento norte del ejército en el Cibao con asiento en la fortaleza San Luis, de Santiago, salieron para San José de las Matas, llegaron al hogar de Martínez Reyna, que estaba enfermo, y le dieron despiadada muerte, lo mismo que a su consorte doña Altagracia Almánzar que se hallaba en estado de embarazo y hasta reconoció y reconvino al jefe de los asesinos. Esto se concibió y planeó en la capital por elementos exclusivamente santiagueros. Bastó una insinuación escrita en una tarjeta de la Secretaría de Estado de la Presidencia y dirigida al Comandante de la fortaleza para que el plan se ejecutará. Crimen insólito en las ambiciones políticas dominicanas. Un manto de impunidad cubrió el cuadro horrendo conocido por esos días del año 1930 en todos sus detalles y con la especificación de los asesinos transitando muy campantes las calles de Santiago”.

Estrella Ureña, el presidente electo, que había vuelto a ser presidente interino, viajó a Santiago a realizar lo que se llama en el argot político una exhaustiva investigación. Ya era un secreto a voces que su tío, el general José Estrella, era el cabecilla de los autores. Los matarifes, señalados a dedo por el rumor público, eran dos carniceros conocidos como Onofre y Pichilín.

La voz del pueblo, que es la voz de Dios, apuntaba aTrujillo como autor intelectual.

A Estrella Ureña por razones de salud, le convenía hacerse el tonto, el disimulado, el de la vista gorda. De alguna manera era un cómplice involuntario, pero era también un rehén. Un hombre como él, que brillaba como orador y había dado muestras de un gran poder de convocatoria cuando encabezó a los cientos de hombres del movimiento cívico militar que destronó a Horacio, no podía sentirse seguro al lado de Trujillo, le hacía sombra. Por eso Trujillo lo ahuyentaría, no del poder, sino del cargo que ocupaba al poco tiempo de establecerse en el trono del país. Para peor, diez años más tarde tuvo una ocurrencia macabra: desempolvó el expediente que Estrella había ido a seudoinvestigar a Santiago y lo metió en la cárcel junto a su tío y otros supuestos secuaces, acusándolos precisamente del crimen que él, Trujillo, había ordenado o sugerido. Finalmente, según las malas lenguas, lo ayudaría a morir piadosamente, en 1945, cuando Estrella Ureña se sometió a una cirugía.

El asesinato de Martínez Reyna y su esposa fue algo atroz que todavía indigna y seguirá indignando a la gente de conciencia, pero no fue el primero ni sería el único. Era más bien parte de una rutina que se había inaugurado y estaría vigente durante treinta y un años de tiranía.

Día tras día, semana tras semana, año tras año, ocurría algo que parecía impensable, algo que parecía que no podía ser o suceder o repetirse y, sin embargo, puntualmente volvía a ser, a repetirse, volvía a suceder quizás de otra manera más y menos peor: se repetía en infinita repetición de repeticiones atroces. El país se movilizaba contra el terror, pero terminaría paralizado por el terror.

El periodo comprendido entre la elección y la toma de posesión fue como quien dice peor que el de la supuesta campaña electoral. La represión cruda y desembozada se hizo presente en espacios públicos y privados, las manifestaciones de protesta eran sofocadas a macanazos o balazos, se disparaba contra los vehículos de los dirigentes de oposición y en Santiago y otros lugares hizo su aparición el carro de la muerte, el más nefasto símbolo del siniestro folklore político de la época.

La mayor parte de los desmanes eran obra de una banda de facinerosos, conocida como La 42, que integraba a personajes de la peor ralea, incontrolables más o menos bien controlados que dirigía el capitán Paulino, uno de los compañeros de la pandilla de maleantes en que se había curtido Trujillo en sus años de cuatrero y asaltante de camino. El carro de la muerte era un lujoso Packard rojo que ostentaba en la placa el número que le daba nombre a la banda, precisamente el 42, y en su interior siempre viajaban personajes de naturaleza luciferina. El Packard podía aparecer a cualquier hora, preferiblemente al amparo de las sombras, frente a una casa, un parque o en cualquier lugar donde se reunieran grupos de personas que a juicio de sus ocupantes parecieran sospechosas y merecieran ser rociadas con fuego de ametralladora.

Eran frecuentes los opositores que morían en ciudades y pueblos y los opositores que huían, pero ahora comenzaban a sumarse también los opositores que desaparecían. El éxodo de los principales líderes políticos no se hizo esperar. Uno tras otro tomaron el camino del exilio. En junio se produjo la salida precipitada de Federico Velázquez, Alfonseca, Ángel Morales, Martín de Moya, Horacio Vásquez. De estos cinco, solo los dos últimos regresarían al país. Mientras tanto, los partidos políticos entraron en fase de desintegración, sus principales miembros fueron arrestados o simplemente se plegaron.

La presión de la caldera política se acercaba a un punto crítico en la medida en que se acercaban el día y la hora en que Trujillo y Estrella Ureña tomarían posesión de sus cargos, y en aquella pesada atmósfera de incertidumbre quizás muchos temían que se produjera finalmente una explosión a la que seguiría una matazón, una especie de toque a degüello que no haría distinción entre mansos y cimarrones.

Pero la apoteosis tuvo por fin lugar, sin contratiempo, el 16 de agosto de 1930, aniversario de la Restauración. El nuevo presidente y su seudopresidente se juramentaron en medio de grandiosas celebraciones y libaciones.

El brigadier Trujillo luciría sus mejores galas. Con su ridículo bicornio emplumado, el uniforme de hilos de oro y la banda presidencial terciada semejaba discretamente a un pavito real o una serpiente emplumada. La academia militar en la que se formó durante la ocupación la oficialidad que defendería los intereses del imperio, había dado sus frutos, sus mejores frutos. El pueblo dominicano fue sepultado vivo durante más de treinta años, en un ataúd de silencio.

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