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Hay una culpa de las intelectualidades haitianas y dominicanas con respecto a los tratos que dan a los tópicos relacionados con las relaciones entre ambas naciones. El primero es Manuel Arturo Peña Batlle, parte clave en las políticas y la doctrina de prejuicios desarrollada durante la dictadura de Trujillo. El discurso pronunciado en 1942, seguido por el pronunciado por Trujillo, tres años después, en la provincia fronteriza de Elías Piña, y a cinco años de la masacre, es la muestra de la caracterización de un sentimiento gestado desde la dirección del Estado. Si alguien llegara a pensar en la posibilidad de un sentimiento nazista en el Caribe, solo tiene que leer el discurso de Peña Batlle referido anteriormente, que además manifiesta un acendrado matiz clasista. A decir: es el haitiano pobre, de la masa, el que trae problemas y al que hay que impedir inmigrar. Y su deformación es biológica, irreparable, una falla natural que lo hace realmente sesgado:

Después de largos años de alternativas y de constante labor logramos finalmente dejar solucionada, merced a la decisiva intervención del hombre que cumbrea nuestra historia contemporánea, la más vieja, difícil y complicada cuestión de Estado que haya ocupado jamás la mente y la atención de nuestros gobernantes: me refiero a la delicada cuestión fronteriza que desde 1844 nos dividió de Haití.

(…) No hay sentimiento de humanidad, ni razón política, ni conveniencia circunstancial alguna que puedan obligarnos a mirar con indiferencia el cuadro de la penetración haitiana. El tipo-transporte de esa penetración no es ni puede ser el haitiano de selección, el que forma la élite social, intelectual y económica del pueblo vecino. Ese tipo no nos preocupa, porque no nos crea dificultades; ese no emigra. El haitiano que nos molesta y nos pone sobre aviso es el que forma la última expresión social de allende la frontera. Ese tipo es francamente indeseable. De raza netamente africana, no puede representar para nosotros, incentivo étnico ninguno. (…) Hombre mal alimentado y peor vestido, es débil, aunque muy prolífico por lo bajo de su nivel de vida. Por esa misma razón el haitiano que se nos adentra vive inficionado de vicios numerosos y capitales y necesariamente tarado por enfermedades y deficiencias fisiológicas endémicas en los bajos fondos de aquella sociedad.

Si hacemos una comparación entre esta postura y el informe de Henríquez y Carvajal, se puede inferir el comportamiento del mundo hoy y el conocimiento de cómo funciona el orden mundial, poniendo bien claro que los términos invasión y fusión son mitos, pero por sobre todas las cosas prevalece el negocio entre la dualidad tierra barata y mano de obra barata, a lo sumo, es un gran negocio. Dicho por el Poeta Nacional Pedro Mir de que el verdadero problema puede estar en otro lado, especialmente en los intereses de quienes luego de la Independencia Dominicana tomaron el poder y mientras se presentaban como nacionalistas y antihaitianos, perseguían la anexión del país a España o a Estados Unidos. Esta visión de Mir encierra una interpretación que queda como materia pendiente.

Explicaciones como las de Pedro Mir revelan algo muy importante: la doctrina del miedo y el odio a Haití encubre y sirve como distractor para la verdadera agenda de intereses y propósitos de la élite que conduciría política y económicamente República Dominicana a poco tiempo de conseguida la independencia. Es así como en la época de Trujillo se toma la excusa de la dominicanización del trabajo para usarlo como un instrumento ideológico de obtención de legitimidad entre la población, y la dominicanización fue un excelente instrumento de domesticación y sometimiento de las fuerzas del trabajo, junto a las políticas antisindicales y represivas que se desarrollaban a nivel interno, pero, por otro lado, se gestaba un acuerdo con el Estado Haitiano caracterizado por una trama de corrupción y abusos para manejar de manera directa una industria de trabajo forzado en la producción de azúcar, que lo beneficiaron a él y a sus empresas durante largos años.

La expiación de culpas de Bill Clinton, muchos años después, es un recurso importante para hacer un paralelismo entre las agendas trujillistas y la visión conservadora, casi cincuenta años después. A decir de Clinton: tengo que vivir cada día con las consecuencias de una decisión mía que fue, quizás, buena para algunos de mis granjeros en Arkansas, pero que fue un error porque trajo también como resultado la pérdida de la capacidad de producir arroz de Haití y, consecuentemente, de su capacidad de alimentar a su pueblo. Fue resultado de algo que hice yo. Nadie más.

Esta es la forma de entender cómo funciona el prejuicio con respecto a Haití. Que un presidente de la mayor potencia del mundo, el más influenciador en materia Geopolítica en el Caribe, acepte sus errores de producción de hambre y pobreza, con el fin de abrir mercados a sus empresarios es muestra fehaciente de que la culpabilidad de muchas de las realidades haitianas es de factura externa.

Es el mismo Haití que sufrió la invasión y ocupación norteamericana desde 1915 hasta 1934, y luego el apoyo a la brutal tiranía de Duvalier. Haití, que en 1991 sufriría un golpe de Estado, al igual que en el 2003, con la presencia recurrente de las tropas norteamericanas y el secuestro de un presidente; el mismo Haití donde las embajadas de algunas potencias discutieron la opción de secuestrar al presidente René Preval y sacarlo en un avión del país, y se dice que el presidente Martelly fue electo en comicios fraudulentos para impedir una segunda vuelta con la participación de un candidato de izquierdas.

El mismo Haití que no tiene Ejército ni Fuerzas Armadas y apenas posee una Policía prácticamente desarmada. Ese Haití donde un terremoto que mató a 300 mil personas acabó con el equivalente al 120% de su PIB, derrumbó los principales edificios institucionales y enterró al 30% de sus funcionarios. Ese país donde el dinero de la “reconstrucción” nunca llegó, o mejor dicho llegó un 10%, del cual 90 de cada 100 dólares se quedan en la burocracia nacional e internacional; el Haití intervenido militarmente y donde las tropas de Nepal trajeron el cólera que mató a alrededor de 8.000 seres humanos, de los cuales nadie se hace responsable. Ese Haití con un 70% de su población viviendo con menos de un dólar diario, y que llegó a tener un 90% de su educación privatizada. Es el Haití en que grupos con mucho poder, como los que existen en República Dominicana, han generado todo tipo de anormalidades comerciales y han impedido que se lograra un acuerdo de libre comercio con República Dominicano. Por eso es entendible una Entente, una obligatoriedad sin violación.

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