El ocaso de Trujillo y la llegada de Balaguer

A tres años de su reelección, Héctor B. Trujillo Molina presentó su renuncia irrevocable a la presidencia por razones médicas, y dio paso a Joaquín Balaguer, quien asumió el poder

En esta edición de Zona Retro recordamos los acontecimientos de agosto de 1960, cuando la República Dominicana fue testigo de un inesperado relevo en la Primera Magistratura. La renuncia de Héctor B. Trujillo Molina y la posterior llegada de Joaquín Balaguer a la Presidencia ocurrieron en cuestión de horas, en una jornada que quedó registrada en las páginas de la historia política nacional, así como del periódico El Caribe.

Ocaso y alba

La mañana del 4 de agosto comenzó con una noticia que tomó por sorpresa al país. El presidente Héctor B. Trujillo Molina había decidido abandonar la Primera Magistratura. El día anterior, 3 de agosto, había remitido a la Asamblea Nacional su renuncia irrevocable, alegando razones de salud y el cumplimiento de una prescripción médica que, según explicó, le impedía continuar desempeñando cabalmente sus funciones.

Su decisión no cambió después de recibir en el Palacio Nacional a una comisión que acudió para tratar el asunto. La dimisión estaba tomada y correspondía ahora a la Asamblea Nacional conocerla.

En su comunicación, Trujillo sostuvo que, de acuerdo con la Constitución, tanto el presidente como el vicepresidente de la República debían presentar su renuncia ante ese organismo. Amparado en esa disposición, formalizó su salida del cargo y explicó que sus quebrantos de salud le imposibilitaban continuar ejerciendo con normalidad las responsabilidades presidenciales.

También aprovechó el documento para reconocer la cooperación que, según expresó, había recibido del Congreso Nacional durante su gestión gubernativa, así como la solidaridad mostrada en respaldo de los ideales patrióticos del partido que anteriormente había dirigido Rafael Leónidas Trujillo.

El presidente de la República, doctor Joaquín Balaguer, recibe los honores de la Guardia Presidencial, acompañado por legisladores y el embajador encargado del protocolo.

La renuncia se hace pública

La noticia llegó rápidamente a los hogares dominicanos. Radio Caribe transmitió desde el salón de sesiones del Congreso el desarrollo de aquella jornada y permitió que la población conociera de primera mano el contenido de la renuncia.

A las 10:10 de la mañana, el senador, licenciado Manuel Joaquín Castillo, comenzó la lectura del documento. En el salón, la atención estaba concentrada en cada palabra del mensaje presidencial.

Luego tomó la palabra el presidente de la Asamblea Nacional, senador, licenciado Porfirio Herrera, quien afirmó que el organismo se encontraba ante “el doloroso deber de tomar una decisión”. Sus palabras antecedieron al momento en que los legisladores tendrían que pronunciarse sobre la dimisión.

La reacción popular, de acuerdo con las informaciones de la época, se mantuvo dentro de la tranquilidad. El anuncio fue recibido sin grandes manifestaciones de agitación, en una demostración de civismo que contrastaba con la trascendencia política del acontecimiento.

Una decisión que cambió el poder

A las 11:04 de la mañana, la Asamblea Nacional aceptó por unanimidad la renuncia. Con aquella votación quedaba formalizada la salida de Héctor B. Trujillo Molina de la Presidencia de la República.

Después de la decisión, se designó al senador, doctor Luis Ruiz Trujillo, y al diputado Jafer Cabrera para integrar una comisión que tendría la responsabilidad de acudir ante el presidente saliente y comunicarle oficialmente la aceptación de su renuncia.

La misma comisión tendría luego otra misión: informar al vicepresidente Joaquín Balaguer que, como consecuencia de la dimisión del jefe del Estado, quedaba investido de pleno derecho con las funciones presidenciales.

El relevo, por tanto, no surgía de unas nuevas elecciones. Era la propia Constitución la que establecía el camino para llenar la vacante presidencial.

Balaguer entra en escena

Poco después, el doctor Joaquín Balaguer llegó al Palacio del Congreso acompañado por los legisladores R. Paino Pichardo, licenciado Jesús María Troncoso, licenciado Pablo Otto Hernández y Elías Brache Viñas, así como por el mayor general Santos Mélido Marte.

En el salón de actos lo recibió el licenciado Porfirio Herrera, quien le manifestó la confianza de los legisladores en que sabría asumir con dignidad la nueva investidura. También le ofreció la cooperación de ambas Cámaras del Congreso para el desempeño de sus labores como presidente de la República.

Ante los legisladores, miembros del cuerpo diplomático, altos funcionarios y oficiales de las Fuerzas Armadas, Balaguer prestó juramento como jefe de Estado. Prometió cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes de la República, defender su independencia, respetar los derechos y desempeñar fielmente los deberes inherentes al cargo.

La Guardia Presidencial, comandada por el coronel Agustín R. Plúyer Trujillo, le rindió los honores correspondientes tanto a su entrada como a su salida del Congreso.

Un discurso en tiempos difíciles

Ya investido como presidente, Balaguer pronunció su discurso de juramentación. Sus palabras estuvieron cargadas de referencias al momento político que atravesaba el país y a las circunstancias que, según explicó, rodeaban su llegada al poder.

Definió aquel momento como crucial para el pueblo dominicano y habló de una “confabulación internacional” en la que, según su interpretación, participaban corrientes ideológicas de origen comunista y sectores de orientación conservadora.

Balaguer también se refirió a las voces que planteaban la necesidad de democratizar las instituciones nacionales. Dijo coincidir con esa aspiración, aunque marcó distancia respecto de los métodos que, a su juicio, pretendían utilizarse para alcanzarla.

En esa dirección, sostuvo que el régimen dominicano estaba encaminado a crear un clima de mayor libertad política y a favorecer la formación de partidos capaces de participar en la vida nacional y ejercer legalmente la oposición al Gobierno, siempre al margen de actividades subversivas.

Su discurso fue recibido con reiteradas ovaciones y elogios entre quienes se encontraban presentes en el salón de actos.

Un relevo sin urnas

La salida de Héctor B. Trujillo Molina y la llegada de Joaquín Balaguer modificaron en pocas horas la figura que ocupaba la Presidencia de la República. El primero dejaba el cargo alegando motivos de salud; el segundo asumía la jefatura del Estado en virtud de la sucesión establecida por la Constitución.

Balaguer permanecería en la Primera Magistratura hasta el 16 de agosto de 1962. Aquella jornada de agosto de 1960, marcada por una renuncia inesperada, una sesión legislativa seguida por radio y una juramentación ante los principales representantes de la vida pública, mostró cómo el poder podía cambiar de manos sin que mediara una nueva elección.

Más allá de las razones expuestas para la dimisión, el episodio abrió una etapa distinta en la historia política dominicana. El ocaso de un Trujillo y el ascenso de Balaguer quedaron así unidos en una misma jornada, como dos momentos de una transición que el país siguió con atención a través de la radio y que quedó registrada en las páginas de la prensa.

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