Amigo lector, ¿esto te ha ocurrido?

Hace tiempo leí una frase que decía más o menos así: “Nunca pongas excusas, porque tus amigos no las necesitan y tus enemigos no las creerán”. Creo que pocos le hacen caso a tan sabia reflexión, empezando por un servidor y quizás igual por ti que ahora tal vez tengas una leve sonrisa.
En el ajedrez, como en la vida, buscamos cómo justificar nuestras acciones y enmendar nuestros errores. En el juego ciencia, si alguien pierde dice “qué cosa, y yo que estaba ganao”, entonces el receptor de ese torpe lamento piensa “sí, claro, ganao son vacas”.

Las excusas que damos, generalmente, son más ridículas que la verdad misma. Nos fascina disfrazar nuestros reveces, cuando es la careta y no nuestro fracaso lo que provoca burla, pena o ambas cositas a la vez. Lo jocoso es que quienes más se mofan de este comportamiento de los demás, son los primeros en recurrir a ellos.

Tenemos auténticos fanáticos de las excusas. Por ejemplo, alguien no sabe bailar, pero expresa en todas las fiestas que es insuperable en la pista y que no hace galas de su talento porque le duele la cabeza. O el manganzón que, al no poder conquistar a su Dulcinea, jura frente a todos que “la botó”, como si ya la hubiera tenido.

Y del estudiante que asiste todas las tardes a la universidad y afirma que está haciendo la tesis o monografía, cuando la realidad es que tiene tres semestres o ciclos expulsado de la academia. También está el cómico en el restaurante, que luego de “jartarse” como elefante y beber como ballena, se disculpa al momento de pagar la cuenta bajo el alegato de que la noche anterior gastó miles de pesos con una chica despampanante. ¡Embuste! Si fuésemos sinceros explicando lo sucedido, lo perdonaríamos y hasta con gracia lo recibiríamos.

Siguiendo con el tema, desde hace tiempo quiero hacer ejercicios, trotar como keniano, brincar como Sotomayor y levantar pesas como ruso. Ya compré mis tenis, carísimos, y un primo “de lo paíse” me regaló un par de medias blancas y gruesas.
Materialmente estoy preparado. Tengo la ventaja de que puedo hacerlo alrededor de mi hogar.

Pero, en serio, no tengo tiempo. Cuando mis amigos me reclaman el cumplimiento de mis planes atléticos, respondo siempre lo mismo “el lunes empiezo”. Créanme, el lunes empiezo, bien temprano, aunque no sepa de qué semana, mes o año. Eso sí, el lunes empiezo.

Amigo lector, ¿esto te ha ocurrido? Responde con sinceridad, quedará entre nosotros, salvo que no creas en mis excusas verídicas, no como las tuyas que son inventos, vano intento de esconder los hechos.

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