Autor: Genarina Caba Liriano
El pasado 26 de febrero del año en curso leí este titular que encontré en un periódico local: Más de la mitad de los adolescentes (52%) asegura conocer a alguien que se ha autolesionado en algún momento de su vida. El dato deriva de un informe del grupo de investigación COMKIDS de la Universidad Rey Juan Carlos y aunque se ubica en España, llamó mi atención porque el contexto dominicano no está exento de esta realidad, sino que más bien, es algo a lo que los psicólogos y orientadores escolares se enfrentan en el día a día.
Muñoz Vinueza et al. (2026) definen la autolesión como “conductas que involucran herirse de manera deliberada” y agregan que “son usadas como un mecanismo para lidiar con el dolor emocional (…)”.
El caso es que muchos adolescentes se enfrentan desde el silencio a la presión social, las crisis de identidad, el estrés, el abuso y la necesidad de encajar en los estereotipos, entre otras situaciones, que los conducen a la autolesión. El fenómeno se ha hecho tan recurrente y común que pone en peligro la capacidad de asombrarse ante ello y que por el contrario sean asimilados desde la distancia y la frialdad y tener que lamentarnos más tarde cuando esos adolescentes protagonizan algunos de los titulares que circulan en la prensa nacional.
Es esta última idea la que me motiva a escribir estas líneas que invitan a repasar el papel de las familias, educadores, psicólogos y orientadores escolares ante este grito de ayuda de los adolescentes con los que tenemos algún tipo de contacto ya sea desde la escuela o cualquier otro contexto y trabajar en conjunto en procura de su estabilidad y bienestar; pues esta situación que según Gonzáles et al. (2016) se ha convertido en fenómeno de relevancia social nos interpele a todos como ciudadanos.
