La ONU no ha perdido su capacidad por falta de principios, sino por el abuso de poder de quienes deberían defenderlos. Estados Unidos, actor dominante en el sistema multilateral, ha instrumentalizado el organismo para legitimar guerras, vetar resoluciones incómodas y proteger intereses geopolíticos. Su doble moral —promover derechos humanos mientras respalda regímenes represivos— ha erosionado la autoridad ética de Naciones Unidas. Además, el financiamiento condicionado y el uso sistemático del veto paralizan decisiones clave. La paz mundial no se construye desde la hegemonía, sino desde la coherencia. Si la ONU parece inoperante, es porque quienes la lideran han vaciado su propósito, con Estados Unidos como protagonista -culpable-principal.
