Crítica y periodismo cultural: un oficio peligroso (I)

¿La crítica en la prensa cultural está en crisis? y ¿por qué es necesaria su existencia en plataformas dominadas por algoritmos y modelos de IA?

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Hablar críticamente de música, conciertos, libros, películas y cualquier cosa se ha vuelto peligroso para la prensa cultural. No peligroso en el sentido del riesgo a la vida, que es el que corren tantos periodistas por contar lo que sucede en el mundo, sino en el sentido extremo de la extinción. Ya casi no existimos como reseñistas o críticos de ningún objeto; serlo te sitúa automáticamente en una categoría menospreciada por lectores e incluso autores. Los lectores la consideran una actividad elevada y lejana, cuando no un oficio de artistas frustrados; los autores consideran que son injustamente atacados o ninguneados por “la crítica”.

En estos tiempos es preferible hablar de youtubers, instagrammers o tiktokers (ojo, no tengo nada en contra de ellos, solo que la naturaleza de sus formatos no está emparentada con la profundidad), o de un tipo de periodista cultural sin independencia, que reparte su agenda en labores de cobertura inane y celebratoria de los acontecimientos del mundo cultural. A regañadientes se acepta que alguien hable de una obra con solvencia y con, expresión incómoda, “sentido crítico”. Antes que periodista o crítico, hoy el llamado universal es a convertirse en “creador de contenido”. Pero un creador de contenido es justamente lo que un crítico no puede ser.

En las redacciones, las páginas culturales han sido disueltas en secciones de Entretenimiento o Sociedad, equiparadas a un ungüento benéfico en medio de las terribles noticias del día a día. En la crisis mundial de los impresos, lo primero que desaparecieron fueron los suplementos culturales y a la crítica se le ha odiado y temido tanto que se le endilgó el adjetivo “destructiva” (para tolerarla, se le pidió viciarse: ser “constructiva”).

Pero esa labor no solo es necesaria, sino que resulta urgente en un mundo embelesado por las veleidades de los algoritmos y los modelos de inteligencia artificial (o sea, de los que los controlan). Resulta urgente el acto de pensar en una cosa, detenerse en ella, tratar de explorar sus sentidos y ensayar probables e improbables conexiones con el mundo. No porque así consigamos apartarnos de lo que llamamos realidad, sino porque, en ese acto, estamos tomándonos el tiempo de apreciar y honrar al que piensa y crea con su talento, algo que, en el mundo desatento de las redes, es casi una genialidad. Porque hoy, prestar atención es el superpoder más grande: ya no todo el mundo es capaz de hacerlo.

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