El año pasado, la novelista Laura Brooke Robson escribió Love Is an Algorithm, una historia de amor entre el cofundador de una aplicación de citas con IA y una artista que intenta abrirse camino en la era de los grandes modelos de lenguaje (LLM). Lo curioso es que, mientras trabajaba en la obra, se esforzó para evitar que su texto pareciera generado por un chatbot. “Siento la necesidad de cometer pequeños errores, como guiños al lector, para demostrar que hay un ser humano detrás”, dijo en una entrevista.
Robson forma parte de una tendencia reciente que podría denominarse “anti-IA”, a la que pertenecen escritores y periodistas -y, sobre todo, usuarios de LinkedIn-, que se resisten a las trampas de la prosa generada por IA. Su objetivo consiste en evitar los rasgos que suelen asociarse con la escritura generada con IA, como los párrafos construidos por oraciones cortas, la voz pasiva, expresiones del tipo “no x, sino y” y los guiones largos.
Los ejemplos y las acusaciones sobre el mal uso (recalco, mal uso) de la IA siguen preocupando al mundo editorial y periodístico. La sospecha de que un texto pueda estar generado por IA provoca acusaciones públicas contra escritores, periodistas, estudiantes o políticos, y puede afectar a su reputación profesional. La autoría se ha convertido en una nueva zona gris del periodismo y de otras profesiones que trabajan con la palabra escrita, especialmente cuando algunos profesionales usan IA para ordenar notas, preparar borradores o acelerar partes del proceso de elaboración.
Frente a ello, se está desencadenando una suerte de “contracultura literaria”, donde la redacción busca desplazarse hacia lo extraño, incluso a veces hasta esotérico. Por ejemplo, recientemente me topé con un artículo, de esos que saturaron Internet, titulado “5 razones para amar el verano (SIN IA)”, repleto de errores ortográficos y de insistentes súplicas de que había sido escrito por un humano. Este estilo alternativo viene desarrollándose poco a poco y ya está alcanzando su punto más álgido en LinkedIn, que recientemente anunció que incorporó una herramienta para detectar textos hechos con IA.
Seguramente los chatbots pronto aprenderán a imitar esa escritura “anti-IA” si llega a popularzarse y comience a formar parte de sus datos de entrenamiento. En ese punto, quizá será necesario inventar otra forma de redacción para comenzar a distinguirse de ella.
