El criollo es impuntual

Es proverbial la baja estima del tiempo que tiene el dominicano y alarmante su renuencia al compromiso. Entre nosotros el tiempo se puede dilapidar. No lo valoramos. No hacemos de él una inversión fructífera.

Tenemos a flor de labio una excusa para llegar tarde, con la del tránsito, el tapón, en primerísimo lugar.

Monseñor Francisco Arnaiz, en su libro “La madurez de los pueblos exige tiempo”, aborda de manera genial ese desprecio olímpico al reloj, que empieza por el lenguaje que se emplea. Un lenguaje elástico del tiempo, laxo, y que elimina toda precisión. “Nos vemos mañana por la mañana”; “Nos juntamos a mediodía”; “hablamos a prima noche”; “Me aparezco por allí cuando salga del cine”; “Lo arreglamos en el curso de la tarde”; “Me esperas hasta que llegue”.

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