De los derechos y los deberes

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La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa, el 26 de agosto de 1789, es uno de los documentos fundamentales de la tradición política Occidental. La Declaración sirvió de preámbulo a la constitución de 1791 y a constituciones posteriores y más recientes. Sin embargo, su importancia radica en el carácter universal de la declaración que trasciende el marco meramente nacional de la Revolución Francesa. La libertad es el concepto fundamental sobre el que se construye el edificio de los derechos. Siendo así, se hace necesario comprender que entendemos por la libertad. Auxiliándonos de la propia Declaración podemos acercarnos a su compresión. En primer lugar, se afirma que los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Aún más, el ejercicio de la libertad consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. Un límite que está específicamente definido: Nuestras acciones no pueden interferir con la capacidad de los demás a disfrutar y ejercer sus derechos. ¿Pero, como fijar el límite a las acciones de individuos? En un sentido estricto, ningún individuo puede fijarle límites a otros individuos, pues todos son libres e iguales. Para resolver el problema, se introdujo un concepto que está por encima de cada uno de nosotros por igual: las leyes. Solo las leyes podrían fijar los límites del ejercicio de la libertad entre individuos. Sin embargo, este nuevo concepto no está libre de problemas, pues leyes arbitrarias y despóticas podrían ir más allá de regular el ejercicio social de la libertad y destruirla. El asunto fue resuelto en dos pasos. En primer lugar, la ley debería ser la expresión de la voluntad de la sociedad. En segundo lugar y más importante, todos los ciudadanos tienen derecho a participar en su formulación, sea personalmente, o sea por medio de sus representantes. La segunda condición es de crucial importancia, pues la sangrienta historia del siglo XX estuvo llena de líderes que tiranizaron bajo el argumento que ellos representaban la «voluntad popular». Buscando afianzar aun más la libertad, los constituyentes declararon que ningún hombre debe ser molestado por sus opiniones, o creencias religiosas y que «todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente», siempre respetando el derecho de los demás. De este modo, la Declaración de 1789 es un objetivo vital que cada día debe fortalecerse. Sin embargo, sentimos que nos falta algo. Una sociedad organizada exclusivamente sobre la base de la igualdad y libertad de los individuos podría resultar profundamente egoísta. Nuestra sociedad se beneficiaría con una declaración complementaria de los Deberes de los Hombres y Los Ciudadanos que nos obligue a ser respetuosos, responsables, honestos, solidarios, tolerantes, leales y ordenados, tal como escribió recientemente el periodista Adriano Miguel Tejada.

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