Dios se tapa los oídos

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Hay días en que parece que Dios ha decidido ponerse un casco azul y caminar por el mundo mirando hacia otro lado. No porque haya dejado de existir, sino porque las noticias llegan con tanta sangre que cualquier plegaria parece perderse antes de alcanzar el cielo. Rusia sigue matando en Ucrania. Oriente Medio vuelve a arder entre amenazas, bombardeos y el miedo a que una chispa convierta la región en una hoguera imposible de apagar. El estrecho de Ormuz se menciona en los informativos y, mientras los expertos hablan de petróleo, las familias hablan de comida.

Porque al final todas las guerras terminan sentándose a la mesa de los pobres. Los precios suben en América Latina como si alguien hubiera decidido castigar el acto de llenar una nevera. Cuba continúa atrapada en una miseria que ya ni siquiera sorprende a quienes la observan desde lejos. Venezuela sigue esperando un cambio que nunca acaba de llegar. El petróleo, que antes tenía destinos ideológicos muy claros, ahora parece viajar por rutas que casi nadie entiende y que pocos explican.

Mientras tanto, los poderosos rezan. Rezan los que temen una condena, los que buscan una absolución, los que desean que la justicia se distraiga un momento. Quizá José Luis Rodríguez Zapatero también rece para que la historia no le pase factura. Quizá Gonzalo Castillo haya encontrado en sus oraciones una respuesta favorable. Siempre hay alguien que recibe una señal y alguien que se queda esperando.

Pero la mayoría seguimos igual. Rezamos por un empleo, por una medicina, por un familiar enfermo, por un poco de tranquilidad antes de dormir. Y el mundo continúa girando con su ruido de bombas, inflación y promesas incumplidas.

Por eso la petición ya no es grandiosa. No se trata de pedir milagros espectaculares. Se trata de pedir escucha. Que Dios destape sus oídos. Que atienda a los vivos. Que la paz llegue antes que los cementerios. Que los niños crezcan sin aprender el nombre de los misiles. Que las madres dejen de contar ausencias. Y que, por una vez, la paz no sea la de los muertos, sino la de quienes tienen tiempo para vivir.

Demuéstrame que estoy equivocado.

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