Hay semanas que parecen resumir una vida. La comprendida entre el 9 y el 14 de julio tuvo ese efecto sobre mí. Cumplí sesenta y cuatro años y el Senado de la República reconoció mi trayectoria como escritor. Agradecí ambos acontecimientos con la serenidad que solo conceden los años. Sin embargo, pocos días después murió un amigo. Su partida desplazó el centro de aquellas alegrías y me obligó a pensar, otra vez, en el tiempo.
La edad no consiste únicamente en acumular calendarios. Consiste, sobre todo, en aprender que cada día tiene un valor distinto cuando el porvenir deja de parecer ilimitado. No siento nostalgia por la juventud ni inquietud por el futuro. Me basta con comprender que el tiempo restante merece un uso más consciente que el tiempo ya vivido.
Sigo disfrutando las mismas cosas que han dado sentido a mi existencia. La conversación con mis hijas, la risa de mi nieto, la compañía de mi esposa, la presencia de mi madre, que todavía me acompaña. Disfruto entrar en una librería sin buscar un título preciso y descubrir un libro capaz de modificar una tarde. Hace unos días sostuve entre mis manos mi más reciente libro El hombre que vuelve. Mientras pasaba sus páginas pensé en los años de trabajo silencioso que contiene un libro y en la extraña sensación de saber que ya pertenece más a los lectores que a quien lo escribió.
El insomnio continúa visitándome con la misma puntualidad de siempre. Ya no lo considero un enemigo. Durante esas horas vuelvo sobre una frase, suprimo un adjetivo innecesario o descubro que una página todavía exige paciencia. Escribir nunca ha sido un acto de inspiración permanente; ha sido una disciplina de pequeñas decisiones tomadas en silencio.
La muerte de mi amigo terminó de enseñarme algo que durante años había preferido posponer. La vida no pide grandes demostraciones, sino atención. Leer con calma, escuchar a quienes amamos, agradecer una conversación y terminar el trabajo empezado son formas suficientes de honrar el tiempo recibido.
Si algún deseo conservo para los años que me quedan, es aspirar únicamente a conservar la lucidez necesaria para seguir leyendo, corrigiendo y escribiendo hasta el final.
Nos vemos el lunes…
