Era el domingo, día de los Padres. En la noche recibí un mensaje por chat. Al abrirlo apareció Eduardo Galeano leyendo “Los nadies”. La voz devolvió una lectura que había quedado detrás de otras preocupaciones. Mientras escribía estas líneas se fue la electricidad y el silencio ocupó la casa. Cuando regresó la luz, seguía pensando en los nadies, pero en los de mi país.
Ellos viven en barrios olvidados y provincias donde las promesas llegan antes que las soluciones. Cada cierto tiempo aparecen dirigentes con discursos cuidadosamente preparados para pedir confianza. Después regresan las mismas carencias, los mismos caminos deteriorados, las escuelas insuficientes y los hospitales sobrecargados. La política conserva una facilidad para convocar esperanzas que rara vez encuentran continuidad en las decisiones públicas.
Quisiera contemplar un Estado que reconociera la dignidad de quienes sostienen el país con su trabajo cotidiano. No hablo de repartir cajas ni de ofrecer empleos públicos mal remunerados como única salida. Hablo de instituciones que respeten derechos, garanticen servicios estables y permitan vivir sin depender del favor personal. Resulta difícil aceptar que una pensión conseguida durante años todavía requiera influencias para hacerse efectiva, o que un seguro limite medicamentos indispensables a apenas ocho mil pesos al año.
La historia demuestra que las democracias se fortalecen cuando amplían oportunidades y debilitan privilegios. También enseña que la frustración acumulada abre espacio para promesas fáciles, capaces de despertar entusiasmo inmediato y decepción posterior. Esa secuencia aparece una y otra vez porque las necesidades permanecen sin respuesta suficiente.
Siento temor al observar lo que asoma en el horizonte político. No importa si las próximas propuestas provienen del Gobierno o de la oposición. Importa que comprendan el valor de quienes nunca ocupan los titulares. Los nadies descritos por Galeano y los nuestros hablan con acentos diferentes, pero esperan idénticas oportunidades para vivir con respeto, seguridad y futuro.
Solo cuando el debate coloque a esas personas en el centro de las decisiones podremos hablar de un cambio verdadero. Ningún proyecto nacional será duradero mientras millones continúen esperando aquello que debería ser normal: educación, salud, justicia eficiente y oportunidades para avanzar con esfuerzo propio, sin humillaciones ni dependencia permanente de quienes administran el poder. Esa deuda sigue esperando una respuesta colectiva seria.
