Hay una queja que se oye en los cafés, en los colmados y hasta en los ascensores: este país tiene cada vez más políticos y cada vez menos ideas. No es una nostalgia grave, de esas que se curan recordando un merengue viejo, sino una preocupación práctica. Porque gobernar un país no es lo mismo que administrar un mitin ni sonreír para un afiche.
Hoy tenemos pocos políticos preparados. Pocos que hayan pasado por una universidad sin confundirla con una tarima. Pocos que sepan algo de Estado y no solo de consignas. Y esto no siempre fue así. Hubo un tiempo en que Joaquín Balaguer podía citar a los clásicos con la misma naturalidad con que firmaba un decreto. Juan Bosch pensaba la política como un ejercicio intelectual, casi moral. José Francisco Peña Gómez hablaba y, aun cuando uno no estuviera de acuerdo, entendía que detrás de las palabras había estudio y reflexión.
Ahora el panorama es distinto. Abundan los políticos analfabetos de ideas, aunque sepan leer encuestas. Pero no quiero hablar de la clase política completa, que sería una empresa larga y poco higiénica. Hablemos de los aspirantes de hoy.
Raquel Peña es una mujer con formación académica y sentido institucional. Leonel Fernández, con todas sus experiencias, sabe de qué habla cuando habla. Guido Gómez Mazara tiene oficio, lectura y debate. Ito Bisonó conoce la administración pública desde dentro. Yayo Sanz Lovatón entiende el Estado como una maquinaria que hay que hacer funcionar, no como un botín. Francisco Javier y Juan Ariel Jiménez pueden sentarse en cualquier mesa y discutir números, políticas y consecuencias sin pedirle ayuda al asesor que se sienta detrás.
Estos aspirantes pueden ir a un debate electoral sin apuntes y el país no vería un desastre en televisión. Podrá uno estar de acuerdo con ellos o no, pero tienen una formación sólida para explicar qué país quieren construir y cómo piensan hacerlo. Eso, hoy, ya es decir mucho.
Hay otros aspirantes que todavía confunden el micrófono con la idea y el eslogan con el programa. A esos les falta demostrar destreza en el discurso, conocimiento del Estado y algo más difícil: curiosidad intelectual.
Uno quisiera ver más políticos con formación y menos marketing. Menos poses estudiadas y más ideas pensadas. Porque las sociedades no avanzan por la calidad de sus anuncios, sino por la inteligencia de quienes las dirigen. Y eso, aunque no se vea en los afiches, se nota cuando gobiernan.
Demuéstrame que estoy equivocado…
