Decidir bien

Recuerdo un letrero sarcástico que leí en los Estados Unidos en mis años de juventud: “Errar es humano, pero perdonar no es política de la compañía.” A saber. En el sector privado, decidir conlleva un costo o beneficio íntimamente ligado a la decisión. Es por esto que las decisiones deben ser ponderadas de manera cuidadosa para estimar los riesgos y las probabilidades de éxito. En el ámbito privado la destrucción de valor es inmediatamente revelada por los registros financieros y las responsabilidades de haber decidido mal quedan claramente definidas. Es esta realidad la que obliga a ponderar las decisiones de manera fría, pues existen consecuencias.

La lógica de las decisiones políticas es totalmente diferente, con el agravante de que dichas decisiones afectan al conjunto de la sociedad. Los políticos de aquí y los de fuera son expertos en construir murallas chinas. Es decir, cualquier líder se rodea de personas cuya función es aislarlo de toda responsabilidad y, por ende, de las consecuencias de haber decidido mal. Dos casos recientes ilustran esta realidad. En España, un dirigente socialista se quejó recientemente que la vicepresidenta del gobierno no estaba siendo efectiva como “pararrayos”, para aislar al presidente Pedro Sánchez de las múltiples dificultades que enfrenta a los 100 días de gobierno. Siendo así, vale más saberse defender, que decidir bien. En consecuencia, la lógica política aconseja gastar millones en expertos de imagen y periodistas, pues lo importante es maquillar las cosas, y no decir la verdad. Parecería que en la esfera política la percepción vale más que la realidad de las cosas. Es más importante como las cosas parecen ser a como las cosas realmente son.

Pero tomemos el caso de Nicolás Maduro, líder mundial en destrucción de valor, pues ha arruinado a unos de los países mas ricos del mundo en reservas de hidrocarburos y de minerales. El gobernante venezolano recientemente andaba por China para suavizar el pago de la deuda de US$19 mil millones, pues toca comenzar a abonar al capital. Esto significa que Venezuela dejará de percibir el 53 % del valor de los 700,000 barriles de petróleo diarios que envía a China, en medio de una crisis de carencias y hambruna. ¿Cómo justificar tan mayúsculo descalabro?
Maquillando las cosas y buscando un culpable: el “inmisericorde bloqueo imperialista.” ¿Y es que todavía hay alguien que se lo cree? Sorprendentemente sí. Pocos, pero los hay. De ahí la conveniencia de repetir las mentiras más absurdas, pues algo queda. Que un gobernante sea capaz de montar un coro para justificarse en medio de un daño tan enorme ilustra la capacidad casi infinita de torcer la realidad y vender imágenes. Todo esto nos lo economizaríamos si decidiéramos bien.

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