Como si se tratara de un microcosmos donde convergen estética, acción, afanes, rolos, redecillas, blowers, choques de temperamentos y la verdadera naturaleza humana en todo su esplendor es esa amalgama de colores que llamamos salones de belleza. De ser el principal sostén de familias monoparentales de las que dependen muchas mujeres, se han convertido en el centro terapéutico por excelencia de consulta gratuita para las clientas que acuden semanalmente porque, antes dejar de comer, que lucir desaliñada, habida cuenta que desde pequeñas nos enseñaron que el cabello es el marco de la cara.
En ese universo variopinto conviven: La manicurista que por estar estática en una labor que la mantiene confinada, debe oír pacientemente problemas matrimoniales, historias de hijos descarriados o inconformidades diversas; la que lava el pelo que fluctúa con la que no se decide entre el agua fría o templada o los masajes fuertes o suaves para luego dormirse en el asiento; la que seca rápido para salir del paso y la que tarda una eternidad para que no le pongan otra persona; o talvez, la diva que considera que sus atenciones exclusivas son un lujo y la que trae sus problemas al negocio y no sale de un drama.
La visitante asidua que nunca está conforme con el resultado, pero igual sigue volviendo; la que hubiera mandado la cabeza para que la arreglen y buscarla luego, con tal de no esperar, en contraste con la que lo considera un paseo y permanece toda la mañana tomando café y enterándose de relatos que resultan más interesantes que la monotonía de su casa o la confianzuda que por conocer a todas las empleadas, quiere saltarse los turnos.
La dueña que se debate en satisfacer a su clientela y dominar ese personal que no siempre está del mejor humor, sobre todo, si los gastos exceden los ingresos; la empleada que entabla amistades con facilidad creando fidelidad aunque no sea tan buena estilista, pero se prefiere por simpática; la usuaria que exige mucho y ni siquiera da propina a la que nadie quiere atender o, la que salta de salón en salón y aparece de cuanto en cuanto, como los cometas.
Ese negocio que se levanta a fuerza de mucho esfuerzo es, a veces, el oasis de quienes lo frecuentan para levantarse el ánimo y subirse la autoestima para verse bellas ante sus parejas, empoderadas en sus profesiones y capaces de afrontar sus múltiples papeles porque, quien tiene la paciencia para aguantar un proceso químico de tantas horas, tiene el valor de cargar el mundo entero sobre sus hombros.
