La indignación fatigada

En la República Dominicana, la indignación parece que nació cansada. O quizás la fueron cansando. Los muertos de los dos abriles, la Revolución Constitucionalista de 1965 y la poblada de 1984, recuerdan el elevado costo de nuestras confrontaciones políticas y sociales. Después nunca faltó quien descalificara las protestas como un recurso desfasado, sin proporcionar a la ciudadanía una alternativa igualmente eficaz para hacerse escuchar.

Está claro que somos conservadores; o digamos que estamos dotados de una prudencia proverbial, para no ofender a quienes rechazan el término.

Pero hemos protestado. Ahí están el amarillo del cuatro por ciento para educación y el verde contra la corrupción. Movilizaciones ciudadanas que terminaron entrando en la disputa partidaria, como suele ocurrir cuando una causa crece y los políticos descubren que también pueden sacar ventajas.

Balaguer conocía el valor político del silencio. En 1970 apeló expresamente a la “masa silente”: aquellos dominicanos que no asistían a mítines ni proclamaban su militancia, pero podían decidir en las urnas. Medio siglo después, algunos estrategas parecen haber invertido la fórmula: suponen que quienes más gritan en las redes son necesariamente quienes más representan a la ciudadanía. El contraste es revelador: antes se apelaba al silencio y ahora se confunde exposición con adhesión. Ninguna de las dos cosas equivale, por sí sola, a ciudadanía organizada. Mientras tanto, los escándalos se han convertido en una larga y monótona serie de plataforma. Apenas concluye un episodio aparece otro, más insospechado, servido para el consumo público. El anterior se pierde en el algoritmo sin que nadie haya explicado su desenlace. Para mantener la audiencia habrá ingenio y presupuesto.

Eduardo Turrent Mena examina en Letras Libres cómo la reiteración de escándalos reduce nuestra capacidad de reaccionar. Lo extraordinario, servido a diario, termina pareciéndose a lo cotidiano. El escándalo ya no escandaliza.
Daniel Innerarity, en La política en tiempos de indignación (2015), advierte sobre el riesgo de que el enfado se agote en un desahogo improductivo. La protesta necesita comprensión de los problemas, proyectos y capacidad para transformar la realidad. Una cosa es tener motivos para indignarse y otra hacer de la indignación un programa político.

Aquí cada semana aparece una catástrofe institucional definitiva, seguida de otra más definitiva. La retórica del desastre tiene una envidiable capacidad de reproducción. Lo que habría que medir, sin embargo, es cuánto de esa viralidad se convierte en confianza.

Resulta más fácil administrar el descontento que construir una propuesta. El hartazgo ofrece titulares, moviliza emociones y permite señalar responsables sin explicar cómo resolver los problemas. Pero cuando todo es escandaloso, nada termina siéndolo. La audiencia puede indignarse hoy y pasar mañana al siguiente episodio.

Ese es el riesgo para quienes han convertido el hartazgo en consigna. Otra cosa es el cansancio con quien gobierna: las responsabilidades persisten y ningún agotamiento ciudadano concede licencia para la impunidad.

A algunos estrategas les convendría recordar aquella canción de José José, El amor acaba, que advierte que «hasta la belleza cansa».

Imagínense entonces el hartazgo.

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