La mañana se despliega, inusualmente fresca mientras el silencio indica que la celebración de Nochebuena ha finalizado y la mayoría duerme aún, mientras el año se acerca inexorablemente a su final, y los rituales de fiesta se repetirán dentro de pocos días.
Esperemos que los recuentos del éxodo y de los festejos no se llenen de cifras luctuosas, que las emergencias de los hospitales no se abarroten de accidentados ni de gente afectada por excesos de alcohol y de comida, y que la mañana en que se escribe esta columna transcurra en paz, que los niños despierten para abrir regalos y estrenar juguetes que los acompañarán en estas breves vacaciones.
En unos pocos días el inevitable balance de un año que termina se dibujará con nitidez en la mente de muchas personas, sobre todo de las que acostumbran a organizar su vida con propósitos para el futuro, con proyectos posibles y sueños sobre lo que se quiere lograr y construir en los próximos trescientos sesenta y cinco días.
Los que peinamos canas y acostumbramos a reflexionar sobre el pasado y a imaginar el porvenir sabemos, por experiencia, que los cambios sustanciales no se dan de un día para otro, que el mundo sigue andando casi como ha sido desde el principio, que las guerras continuarán moviendo la rueda de la historia y que los políticos, aquí y en todas partes, seguirán prometiendo paraísos mientras todo se mantiene como siempre.
Acaso una ventaja que podemos exhibir los que nacimos en la segunda mitad del siglo XX es que fuimos testigos privilegiados de acontecimientos especiales, escuchamos música en discos de vinilo, después en casetes y magazines, luego en compacs y ahora en servicios de pago en línea.
También vimos nacer el internet, pasamos desde los teléfonos de disco a los celulares, pero el mundo, o más bien los hombres que lo gobiernan, mantienen las mismas ambiciones, sirven a los mismos intereses y, en esencia, aunque todo parece distinto, es más de lo mismo.
En el fondo de la caja de Pandora, que al abrirse dejó escapar todas las calamidades que afectan a la humanidad, estaba la esperanza, acaso el motor más poderoso que mueve la voluntad, y que todavía nos permite proyectar un mañana mejor, pese a todo y contra todo.
