Aunque se trata de un instrumento difícil de dominar, como todo en el arte, la guitarra tiene una profunda relación con la literatura, muchos poetas la usan como sonido de fondo para recitar sus coplas, décimas y sextinas o versos libres, según sea el caso.
“La voz de la guitarra es escasa, pero llega lejos, hacia lo hondo” dijo alguna vez el célebre guitarrista español Andrés Segovia, un virtuoso que ofreció conciertos por todo el mundo, y las innumerables grabaciones que dejó para la posteridad acaso desmienten eso de la voz escasa.
“Llora por cosas lejanas./ Arena del sur caliente/ que pide camelias blancas./ Llora flecha sin blanco,/ la tarde sin mañana,/ y el primer pájaro muerto/ sobre la rama./ ¡Oh guitarra!/ Corazón malherido por cinco espadas” dice un fragmento de Federico García Lorca.
Dominar este instrumento requiere constancia, estudio y mucha práctica, y tener una especie de “ángel” que encauce el talento para convertirlo en destreza y dominio, para que el sonido que los dedos arrancan de esa voz escasa llene los espacios y se anide en lo profundo del alma.
“En la rueca de la luna/ hilé seis angustias mías;/ con ellas hice una escala/ luminosa de agua limpia/para entrar a mi guitarra/ como a una gruta perdida”, escribió el poeta uruguayo Osiris Rodríguez Castillos en un poema titulado Canción para mi guitarra.
Para los gauchos argentinos la guitarra, también llamada vihuela, era un instrumento de meditación y de denuncia, porque estos hombres del sur argentino cantaban sus coplas con ese ritmo pausado, profundo, “hacia lo hondo”: “En la milonga surera/ serios asuntos trató”, escribe Atahualpa Yupanqui en un poema dedicado al payador Luis Acosta García.
La payada era un contrapunto en que dos gauchos, cada uno con su guitarra, improvisaban de forma rimada respuestas a las preguntas que se hacían, generalmente en ritmo de milonga o de cifra, otro tipo de composición rioplatense.
La guitarra tiene también una estrecha relación con el folklore caribeño, “su clamorosa cintura/ en la que el pueblo suspira/ preñada de son, estira/ la carne dura”, escribió Nicolás Guillén en un poema titulado precisamente Guitarra.
Las personas la escuchan y con ella cantan su desamor, su nostalgia y sus penas, acaso porque la guitarra es un espejo de la sal del hombre, una pupila que le desnuda el alma hasta encontrarle la hermandad del vino, el dolor y la palabra.
