La infancia

Cuando el poeta austriaco Rainer María Rilke escribió que “la infancia es la patria del hombre”, tal vez se refería a que es la etapa en la que todo ser humano aprende lo esencial para sobrevivir y adquiere las nociones básicas y conocimientos que habrá de desarrollar y profundizar a lo largo de su vida.

Es también la época que entre la adolescencia y la primera juventud, ocupados como estamos en vivir, se recuerda de manera esporádica, a veces con un poco de vergüenza, porque se creía en determinadas cosas que, sin embargo, tratamos de mantener en nuestros hijos, como la tradición de “santicló”, los reyes magos o “la vieja Belén”.

A veces la evocación revive a personas queridas que ya no están, o simplemente trae a la memoria “hazañas” deportivas o “aventuras” en un bosque, en un río, el primer viaje largo, y resurge el asombro con el que se descubría un mundo que aún no nos abría sus puertas totalmente.

La infancia no siempre es el paraíso del que fuimos expulsados, para muchos que han sufrido abusos, castigos excesivos o debieron trabajar para comer, criados por adultos ignorantes y propensos a dar golpes, debe de haber parecido un infierno.

Aun así, la vida, ese largo camino de aprendizaje que no solo incluye las enseñanzas adquiridas en las aulas, sino también en la convivencia, en el trabajo, en la calle, nos endurece, nos exige dejar atrás la ingenuidad para templar el cuerpo y el espíritu para vivir, o quizás para sobrevivir a pesar de todo.

Acaso el gran secreto, la mejor enseñanza, radique en aceptar cada época que nos toca afrontar con suficiente entusiasmo, con la debida prudencia o con la objetividad de asumir que el tiempo simplemente transcurre y el pasado jamás se repite, pero insistir en que el niño que hemos sido, con su inocencia y su candidez, con su capacidad de sorprenderse ante el prodigioso espectáculo de la vida, permanezca en nuestro interior.

Si alguna vez fuimos capaces de soñar con intensidad, quizás debamos también acompañar los sueños de nuestros hijos y nietos, como una manera de conservar intactos los ideales que nos impulsan a creer en un mejor futuro, en un mundo donde la paz sea posible y la justicia algo más que una ilusión.

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