Hace no mucho tiempo, durante la presentación del poemario de Alfonso Quiñones titulado Segundo libro de los olvidos, en la Feria del Libro de Santo Domingo, el intelectual dominicano Rafael Lantigua comparaba el papel del poeta con el del arquero del fútbol (soccer), y explicaba que el arquero (portero), pese a formar parte de un equipo de once jugadores, en la práctica estaba solo, porque su papel era defender esa “ciudadela” llamada arco, formada por tres palos y una red, y cuando el balón traspasa la línea y entra en el arco se produce un gol del equipo contrario, cuyo único responsable es precisamente el portero.
Pese a que en este país la pasión futbolera todavía está en pañales, pocas imágenes sobre la soledad del poeta han sido “pintadas” con tanta eficacia como las que Rafael Lantigua trazó en aquella tarde memorable.
Sucede que escribir un poema es una acción que surge de un espíritu que en el momento de volcar sobre el papel o en la pantalla esa estructura de versos, de imágenes sensoriales, aliteraciones, metáforas y comparaciones obra en soledad de cuerpo y alma, si es que el alma existiera.
Pero además, cuando el poema después de ser corregido, editado y puesto a circular entre los amigos, entre los lectores desconocidos una vez que es colocado en un libro, queda sujeto a la interpretación de los demás, que no necesariamente le otorgan el mismo significado que el poeta le imprimió originalmente.
Sucede que el lenguaje de la poesía tiene un significado multívoco, alejado de la unicidad que les impone a las palabras el diccionario y el poeta es el disparador de esa magia que duerme en cada término y la despierta para que la realidad se vista de ropajes diferentes ante los ojos del lector.
Así, el poeta ecuatoriano Alfonso Barrera Valverde, en un coloquio de elevada tonalidad lírica, definió a la nostalgia con dos versos impecables: “Como si por los árboles un niño/ buscara las señales de su casa”, otro ejemplo, este del poeta nicaragüense Joaquín Pasos, que finaliza su “Elegía de la pájara” de esta manera: “Y que tu cuerpo tibio descanse para siempre/ en mi dolor que tiene la forma de tu nido”…
Los poetas no son específicamente seres solitarios, pero suelen mudarse al territorio de la soledad cada vez que escriben.
