Restaurante freudiano

El profesor Australio Pithecus recuerda en una de sus crónicas de viaje que durante un periplo por Budapest, capital de Hungría, encontró en la calle Mihály Vörösmarty, que debe su nombre a un poeta del siglo XIX, un pequeño local con un cartel pintado a mano: Freudi Étterem, que su conocimiento del idioma húngaro tradujo como Restaurante Freudiano. El aroma de canela de los kurtos kalacs, el pastel húngaro más tradicional que se rellena con diferentes dulces, hizo que el profesor ingresara inmediatamente.

Una hermosa camarera de pelo castaño y ojos verdes le recibió con un Jó reggelt (buenos días) y una sonrisa, y le entregó el menú. El profesor pidió un gulash (gulyás) con mucha carne, o sea un guiso enriquecido con vegetales y salsa roja, la jovencita anotó el pedido y después de un rato apareció un señor mayor, vestido de mozo, que depositó en la mesa del catedrático una ensalada de tomates con unas berenjenas a la parmesana gratinadas con abundante queso mozzarella.

-Esto no es lo que pedí –protestó el catedrático. Entonces el mozo se sentó a la mesa, hizo una seña y la misma joven que tomó el pedido trajo una botella de merlot y sirvió dos copas.

El mozo, que en realidad era el cocinero y dueño del restaurante, le explicó al profesor que en ese establecimiento, antes de preparar la comida, observaban el lenguaje corporal del cliente, lo que les permitía determinar qué tipo de receta combinaba mejor con la personalidad del comensal.

-Es evidente que usted, en su infancia, tuvo una relación difícil con su padre, también sus primeros años de escuela evidentemente fueron difíciles –dijo- porque en lugar de enamorarse de su primera maestra como todos los niños, usted se enamoró de la directora –explicó el dueño del restaurante freudiano.
-¿Y eso qué tiene que ver con mi pedido?

-Oh, que usted en realidad necesita comer más vegetales, más lácteos y beber vinos buenos, eso se acomodaría mejor a su personalidad de viajero, investigador y lector omnisapiente ¿se da cuenta?

El profesor pagó y se fue, después llamó al manicomio más cercano y pidió que cerraran ese lugar, no sea cosa que algún argentino, o peor, un dominicano belicoso entrara allí y ocurriera una desgracia…

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