La búsqueda de originalidad es una misión que todos los creadores y artistas se imponen y, en algunos casos, llegan a verdaderos extremos, como pegar una banana con cinta adhesiva en una pared y pretender que eso es arte.
En el caso de los escritores, y de muchos poetas, esa búsqueda de diferenciarse llega al extremo de confundir originalidad con transgresión, juegan con los espacios tipográficos más que con las palabras y olvidan que, como afirmó alguna vez el escritor argentino Alejandro Dolina: “Se puede ser ortodoxamente genial como también transgresoramente estúpido”.
Sucede que el arte, como toda invención humana sometida a valoraciones subjetivas, es una representación de la realidad que no persigue verdades objetivas, tarea de la ciencia, sino conmover, asombrar, transmitir una visión particular de la belleza, pero el arte requiere constancia y estudio, ensayo y error, tensión y sufrimiento hasta lograr lo que el artista se propuso.
Posiblemente en literatura, desde que se escribió la biblia, o desde que hace miles de años los sumerios fueron capaces de crear relatos tan fantásticos como el poema de Gilgamesh, no haya nada nuevo que inventar, salvo “re-crear” en la ficción situaciones que nos impulsan a reflexionar sobre las grandes preocupaciones de la humanidad, la soledad, el sufrimiento, el bien y el mal, la angustia ante un mundo que camina hacia su propia destrucción que parece cada vez más inminente.
De ahí que, todo lo que los creadores actuales puedan llegar a “inventar”, ha de tener siempre algún punto de referencia en lo que ya se ha hecho porque hasta el lenguaje, como lo conocemos, fue inventado con anterioridad, y salvo que seamos capaces de crear nuevos idiomas, que posiblemente nadie entendería, la originalidad absoluta es imposible.
Desde ese punto de partida, al que he llegado después de muchos años de buscar mi propia originalidad, creo preferible que al encarar la aventura de crear consideremos que todo cuanto hagamos será siempre una mezcla de lo que aprendimos y de cómo consigamos sazonar de una forma diferente esa combinación de carne de ave, hortalizas y verduras llamada salpicón, que Alonso Quijano consumía, según Cervantes, “las más noches”.
