Los periodistas están al servicio de la verdad y obligados a establecer una clara diferencia entre los hechos y las interpretaciones, además de verificar y contrastar las informaciones, criterios básicos que parecen haber perdido vigencia y pertinencia.
Precisamente verificar y contrastar son dos reglas de oro de la profesión, porque constituyen la mejor manera de tratar los hechos al margen de humores personales y de ubicarse lejos del apasionamiento que contamina la noticia o que lleva a tomar partido por intereses particulares.
Pertinente es señalar, en especial para los más jóvenes que abrazan el oficio, que la vida es mucho más que el afán por cuestiones que en nada contribuyen a fortalecer los valores sociales y familiares y a formar una persona de bien.
Los periodistas, y en especial las personas que dirigen medios de comunicación, no pueden renunciar a edificar de la mejor manera a sus audiencias ni a presentar la realidad tal cual es.
Esto todavía es posible en el país porque existe un estado general de respeto a la libertad de prensa y de expresión, pero la sociedad en su conjunto tiene que mantenerse vigilante para no retroceder hacia el pasado, lo cual implica rechazar cualquier intento de control externo, porque si algo peligroso hay que evitar y que gana espacio es la autocensura.
También puede atentar contra ese clima de libertades el constreñimiento a que se ven sometidos algunos medios, en particular los impresos, por el manejo discrecional de la publicidad estatal, inaceptable si tenemos en cuenta las luchas que ha costado superar años de censura y secuestro de la opinión pública por parte de gobiernos autoritarios a lo largo de nuestra historia.
Felicitaciones al periodista que vive de un ejercicio cabal sin importar que sean tiempos nuevos y muy rápidos; al que potencia la generosidad y la solidaridad, al que no sucumbe a la tentación de ganar nombradía sobre la base manipular, chantajear o publicar noticias falsas; reconocimiento al periodista que trabaja con dignidad y respeto por sus lectores, en una época en la que espanta una degradación que aparenta carcomerlo todo.
