Crecí cerca de mis abuelos paternos, quienes tuvieron más de una decena de hijos y, de los muchos nietos que había y que vendrían después de mí, yo quedo como en medio, siendo el primer nieto que vivió en casa de ellos.

Esto, supe después, por un tema económico. Cuando mi padre necesitaba algún dinero le decía a mi abuelo que me llevaría para la casa si le prestaba algunos pesos. Mi abuelo le respondía que está bien, que le llevara el muchacho. Práctica que continuó hasta que me dejaron viviendo allí por varios años. Por eso siempre les dije: Papá y Mamá, y no abuelo y abuela como correspondía.

Mi abuelo tenía un carácter fuerte. Delgado, de poco comer y siempre pantalón caqui y sombrero. No le gustaba que yo jugara bolas “majando cheles”, ni que llegara a casa con algo que había “encontrado en la calle”, ni que dejara de asistir al colegio. Me salía a buscar y, si me agarraba en medio de la calle, ahí mismo me daba una pela “silábica”. Y el respeto que me exigía en la casa, debía extenderlo a los vecinos.

Papá era toda una autoridad en el barrio. Incluso los tígueres de entonces le tenían total respeto.

Era un gran jugador de dominó, cuando estaba perdiendo no se podía ni respirar. Pero si iba ganando era común escucharle gritar: “Empezó Haina a molé, empezó Haina a molé”.

Papá trabajo toda su vida adulta y tenía una pensión del Ayuntamiento. Pequeña, pero como era un buen administrador de lo poco, siempre tenía dinero. Si le pedían 100 pesos regalados y él podía lo regalaba, pero si le pedías 25 centavos prestados, eran prestados y debías devolverlos. Su palabra valía oro. Y en los momentos de alegría le gustaba declamar: “Llegó quien aquí no estaba y quien tanta falta hacía, Tomás Arroyo Sánchez, el reí de la alegría”.

Mi abuela, en cambio, era todo amor. Cuando Papá me carreteaba para darme una pela, sea con la correa súper gorda que tenía o con las chancletas samuráis, yo no me detenía hasta llegar al único lugar donde podría evitar el castigo: las faldas de Mamá. “Tomás, espérate. Ya el muchacho se va a bañar para ir a la escuela”. “Matea, -decía él-, que se dé rápido que ya debe irse”. “Mi hijo date rápido, que vas tarde”, me decía Mamá.

Mi abuela no sabía leer, pero igual que mi abuelo sabía el valor de la educación en los pobres, por eso su preocupación.

Además de su proverbial dulzura, Mamá tenía un don para sanar. Era común ver llegar a la casa personas, elegantemente vestidas, para que ella les hiciera unas oraciones con hojas que luego les cortaba en los lugares donde tenían las dolencias. Era muy católica. Siempre tenía dinero para sus hijos y nietos. Y siempre “aparecía” comida para quien llegara, pero a veces éramos tantos que nos decía: beban agua mis hijos, para que se “jarten”.

Aquella crianza formó la familia que somos hoy. Seguro todos tuvimos nuestros “papás y mamás”.
Hoy, quizás lo que haga más falta en la sociedad sean simples ejemplos de vida.

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