El algoritmo del femicidio

Hasta el 17 de mayo de 2026, treinta mujeres han sido asesinadas en República Dominicana por sus parejas o exparejas. TREINTA.

Y el dato que más debería perturbarnos no es ese número, que en sí ya es suficiente como para horrorizarse, el dato que me ha llamado mucho la atención es que el 87% de ellas nunca denunció. No porque no supieran que estaban en peligro, porque muchas de ellas ya lo habían informado a familiares y amigos, sino porque el sistema en el que depositarían su vida no les generaba suficiente confianza.
Eso no es un fallo policial y del sistema legal, es un fallo civilizatorio.

He escrito antes sobre la brecha entre capacidad técnica y madurez humana, también de cómo avanzamos en herramientas mientras arrastramos conflictos sociales que ya deberían estar erradicados. El femicidio es la expresión más brutal de esa desalineación. No es solo un crimen: es el síntoma más extremo de una sociedad que no ha actualizado su sistema operativo humano.

Pensemos en cómo funciona la adopción tecnológica; antes de instalar un sistema nuevo en cualquier organización, existe un proceso obligatorio: se audita el entorno, se identifican incompatibilidades, se capacita a los usuarios, se migran datos con cuidado. Nadie instala un software de punta en una infraestructura rota y espera que todo funcione. Eso sería, en cualquier empresa, una negligencia grave.
¿Por qué entonces asumimos que podemos construir un país moderno sobre una cultura que todavía codifica la vida de una mujer como propiedad negociable?

Seguimos instalando leyes nuevas, protocolos, boletines estadísticos, teorías de “expertos” mientras la infraestructura cultural sigue sin actualizarse, y por esto, el resultado es predecible: el sistema colapsa. Y colapsa sobre los cuerpos de las mujeres.

La madurez humana (como la madurez tecnológica) no se mide por las herramientas disponibles, se mide por la capacidad de gobernarlas sin amplificar el daño.

Una sociedad que celebra crecimiento económico mientras normaliza que el amor termine en muerte no está avanzando: está siendo muy eficiente en fallar.

Lo más urgente no es solo más legislación, que sí debería revisarse y actualizarse, de ser necesario, lo verdaderamente urgente es revisar el código fuente: los patrones de crianza que enseñan a los niños que el control es sinónimo de amor, los relatos culturales que romantizaban los celos, las instituciones que piden a la víctima que pruebe su propio miedo. Ese es el verdadero cuello de botella, no es legal ni policial, es cultural.

Ningún algoritmo externo va a resolver esto. Pero sí podemos aprender de la lógica del buen diseño de sistemas: si el entorno es hostil para el usuario, si crea fricción constante y no resuelve la necesidad el mismo, entonces el problema no es el usuario: Es el entorno.

Pensemos que TREINTA mujeres (en lo que va de año) han sido víctimas del virus de la posesión, la violencia y la incapacidad de hombres, que siguen actuando desde un sistema operativo corrompido, en una sociedad que no hace el “update” necesario.
¿Qué vamos a hacer?

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