El dominicano frente a su espejo…(y 2)

No me refiero al espejo del baño, que pasa trabajo soportando afeitadas, tintes encubridores, cremas “maravillosas” y peinados imposibles. Me refiero al espejo que devuelve imágenes no de la cara sino del alma. Somos expertos en vida ajena y desde una galería se “analiza” al barrio entero: se sabe quién construye, de dónde salen los cuernos y a quién se los pegan, pero a la hora de analizarnos nosotros mismos, somos tímidos. Tenemos identidad humana y mucha interacción social, escasas en lugares “desarrollados” y todo con identidad propia de peculiares características. Dueños de muchísimos defectos, conservamos algo que el mundo va perdiendo: la capacidad de reír, conversar y sentirnos familia. Por eso el mundo nunca termina de entendernos. Somos mezcla extraña de orgullo y complejo; de hospitalidad y desconfianza, de ruido y ternura. Nos creemos los más vivos del planeta, pero damos los buenos días. Conservamos el calor humano, en tiempos adonde la tecnología aísla. Podremos migrar y hacernos ciudadanos de cualquier país, pero una tambora repiqueteando saca al cibaeño, al capitaleño o sureño que somos y nos sale el ritmo y la cadencia criolla y se alborota el pedazo de africano que llevamos dentro. Aquí todavía hay quien mande a la vecina un plato de moro “pa que apruebe como le quedó”. Aún hay doñas que barren la calle al arrancar el día y tiran cubetas de agua para lavar el frente, mientras vigilan a medio barrio y llevan la vida de la otra mitad, detrás de una bata con flores y “el caco lleno e’rolo”. Desapareció el que se sentaba a coger fresco en la acera, pero aún existe la mujer que cocina para marginados, locos mansos y desposeídos, aunque para ella misma escasee el que “jerver”. El dominicano tiene una fascinación casi religiosa, para doblarle el pulso a las normas: si la fila es larga, se arrima “decuidadamente” a un “conocido” y si hay tapón inventa una calle que ni el ayuntamiento conocía. El colmado sirve, de suministro de alimentos y bebidas y como parlamento para discutir de política criolla con ribetes internacionales: “cómo Tron se obró fuera’el cajón”; de la economía mundial, se decide el mejor pelotero, entre una fría “vestida de novia “y salami cortado finito”. “Lo etranjero” nos miran como un pueblo bulloso y que hablamos gritando, aunque cerca y supone que peleamos hasta que descubre que hablamos de pelota, del circo de Alofoque o a quien “se lleván” preso y lo acusan de la Operación Majarete. Se sorprende del nivel de la música y aún conversemos y de como podemos entedernos con notas bajas que “aflojan lo diente”. El mundo nos ve como gente alegre, aunque a veces esa alegría sea una forma elegante de sobrevivir. “Tre mese fuera” alcanzan para que el criollo comience a hablar raro y a decir: never, yu nou, pompa, el fóquin toile. suera y juarever, pero si escucha un cibaeño con su í “maicá, to lo gringo se le oivida” y le brota el “ello ai”. El extranjero, aunque critique nuestro desorden, casi siempre termina extrañando el relajo, el doble sentido y la picardía a flor de piel, la conversación fácil, el trato humano, la familiaridad cercana, el café compartido y esa continua sensación de que en cualquier lugar se arma un “junte”.

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