El jurista aprendiente de la psicoterapia

Asabiendas de que el jurista como juez dejó de ser el perito por antonomasia, tal como solía decirse desde antaño, cabe entonces reconocer que el veredicto de cualquier magistrado judicante ha de sustentarse en el mantra de la sana crítica racional, cuyo sustrato queda radicado en la lógica, la gnoseología científica y la experiencia sapiencial, máxime en el espectro de la justicia penal, pero sin descartar que en otras esferas de la judicialización la verdad procesal resurge de la epistemología probatoria.

Desde la perspectiva de la jurisprudencia pedagógica, a cualquier aspirante a jurista se le educa mediante el enfoque tridimensional para que sepa conocer, hacer y ser, toda vez que ha de poseer formación teórica, doctrinal o dogmático sobre la ciencia que va a profesar, pero luego debe aplicar la gnoseología científica adquirida en la transformación de la realidad circundante y en la solución de la conflictividad social. Entretanto, cabe abundar que este cientista jurídico u operador de la justicia tecnificada queda obligado a desempeñarse con apego estricto a la preceptiva de la filosofía moral.

Como interdisciplinariedad implica unidad sapiencial, entonces para el jurista insertado en la función de juzgar constituye un imperativo categórico valerse de otros conocimientos científicos. Entre ellos, cabe contar con saberes provenientes de la patología forense, medicina legal, psicología y psiquiatría, ya que así la conflictividad intersubjetiva puede dirimirse con criterio de humanización acrisolada, máxime en la sociedad hodierna, donde resurge con bríos renovados la justicia restaurativa y terapéutica.

Y todo esto cabe traerse a colación, luego de ser lector del texto autobiográfico, intitulado El trayecto de un loquero, de la autoría del doctor Segundo Antonio Imbert Brugal, por cuanto se trata de una obra dotada de un contenido pletórico de amenidad literaria, de cuyas páginas cualquier jurista queda convertido en aprendiente activo de la psiquiatría y asimismo ocurre con la medicina legal, a través del libro igualmente memorial, publicado con el epígrafe Los Muertos Hablan en Idioma Forense, escrito por Francisco Javier Díaz Domingo, otro galeno criollo que ha logrado nombradía sobresaliente en la salubridad anglosajona.

De datación reciente es la primera edición del libro El trayecto de un loquero, cuya impresión aún huele a tinta fresca, puesta en mano del público lector en marzo de 2026. Entretanto, para este magistrado judicante la interacción cognoscitiva con semejante obra ha sido muy gratificante, hasta el punto de llegar a ser jurista aprendiente de la psicoterapia, transitando por medidas aflictivas, tales como electrochoque, inyecciones de trementina y aguarrás, así como el aherrojamiento de la persona psicótica en camisa de fuerza, hasta pasar hacia el tratamiento psicofarmacológico, psicoanalítico y fenomenológico, remedios condignos con la condición humana del paciente.

En la circularidad epistémica, resulta bastante complejo entender cómo el Estado ha soslayado el problema de la salud mental, pero en las páginas del precitado libro cualquier jurista insertado en la función judicante puede ver la desaparición del manicomio habido una vez, quizás por la incidencia que tuvo durante la segunda mitad de la centuria novecentista la nueva mirada de los psicoterapeutas militantes en el movimiento adversativo a la reclusión como panacea de semejante psicopatología, de cuya clausura provino un mal mayor, consistente en dejar a tales pacientes deambulantes por doquier o a merced de los servicios salubres de índole privada.

De por sí, para el sistema jurídico vernáculo, la desatención estatal de semejante área de la salud pública ha venido a imposibilitar la aplicación de la justicia terapéutica, tras suscitarse casos de inimputabilidad, siempre que logre determinarse mediante el peritaje psiquiátrico pertinente que la persona inculpada cometió el hecho punible bajo el estado de demencia, en tanto que dicha situación mórbida resultó probado en el fuero de la jurisdicción originaria con atribución de competencia.

Sobre semejante trayectoria médica, el lector avezado percibió que el autor de dicha obra memorial ha sido psicoterapeuta de experiencia proverbial, epígono del eclecticismo. Así, como galeno de alta lumbre pudo combinar los constructos freudianos, entre ellos introspección, terapia lúdica y onírica, con los aspectos psicosociológicos de la persona objeto de auscultación, tales como entorno familiar, intersubjetivo y cultural para lograr entonces trato humano y empático con cada paciente suyo, pero otrosí tuvo que hurgar en la teoría organicista, cuya curación radica en la psicofarmacología, bastante usada en la salubridad angloamericana.

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