El día del padre dominicano se celebró apenas ayer, último domingo de julio como es a partir de 1969 y no como se hacía desde 1941, que era en junio, el domingo siguiente al de las madres. Los únicos, para ser originales y “parejeros”, que lo celebramos en esta fecha en el mundo. Hay pueblos cuyas grandes decisiones nacen de profundas reflexiones filosóficas. Pero en nuestro país, muchas nacen cuando el bolsillo dice: “hasta aquí llegué”. y por eso no sorprende que no se celebre en junio ni el 19 de marzo, día de San José, como en otros países. Nosotros decidimos que el padre esperara hasta el último domingo de julio y para colmo lo espera por ley. Quizás no en julio porque pudiera esperar sino para recordarnos que pasó toda la vida esperando por nosotros…y es hora de que no lo hagamos esperar más. Es que el criollo lleva un economista escondido en el corazón y tras el día de las madres y sus consecuencias en el anémico bolsillo familiar, con sus flores, electrodomésticos, ropa, almuerzos y viajes, la lesión es grande con la cartera herida. Alguien dijo “epérate un chin que todavía pagamos lo de la vieja”. Lo del padre dominicano es un homenaje pospuesto por razones criollamente económicas. El padre dominicano siempre ha sabido esperar… Es el último en servirse el sancocho cuando no alcanza para todos, el que dice “se me quitó el hambre”, mientras mira como los otros repiten. El que no compra zapatos para que los hijos estrenen en la escuela. El que usa la misma cartera por 10 años porque todavía “ta buena”. El que se queda con el abanico dañado para poder comprar el del cuarto “de lo sijos”. El dispuesto al sacrificio supremo para proteger a los suyos. El que acepta en silencio; al que le da trabajo decir “te quiero” pero encuentra mil formas de demostrarlo. El que no protestó cuando le cambiaron la fecha y esperó, como espera al hijo que sale de noche, diciendo que regresa temprano. Como espera la llamada del que emigró; como espera la visita del nieto sin que tenga que avisar. El calendario aprendió una vieja verdad dominicana; después de mayo hay que darle respiro a la cartera. El padre criollo es el que no espera nada con la calma del paciente, aunque espere una camisa sin promoción política ni el logo de una ferretería; el capaz de arreglar la silla con dos clavos; el abanico con un pedazo de goma; la puerta con un calzo improvisado y e un juguete con ingenio de sabio. El artífice del ahorro apagando bombillos; cerrando llaves de agua como si fuera el director del acueducto y persigue a cualquiera que deje abierta la nevera y dice “¿tú cree que Edenorte me regala la lu?” o ¿tú cree que lo cuarto se dan en mata? Tal vez el último domingo de julio no sea una simple fecha. Es un recordatorio de que hay hombres cuya grandeza no hace ruidos y que, como tronco de árbol, sostienen la sombra mientras nadie se fija en ellos. Valoro el recuerdo de mi padre, un extraordinario ser al que perdí con solo 15 años y que mi vida no ha alcanzado para agradecer e su existencia y valorar todo lo que hizo por mí y la familia. Lo sigo añorando 67 años después.
