Cada vez es más compleja la actividad política: llegar al poder es más fácil, mantenerse más difícil y salir un peligro, pues la cárcel está al acecho, (Naím, El fin del poder).

La tradicional inmunidad que tenía la actividad política ha muerto. El despilfarro del dinero público, la componenda con los empresarios para aumentar de forma ilegítima las riquezas, es casi un tema superado. No porque no se pueda aún hacer, sino por los peligros que encierra en un futuro cercano.

Hemos abierto una puerta que ya es imposible cerrar, lo cual debe ser motivo de celebración ciudadana y de temor para políticos y empresarios corruptos.

Hoy, el escrutinio público, la manifestación e indignación popular, la corrupción como primer tema de la agenda nacional y la posible utilización de estos sentimientos populares y procedimientos judiciales con fines políticos, ya es inevitable.

La utilización de la justicia con claros fines políticos, utilizándola como arma para invalidar contrarios, es una realidad. Pasó en Brasil con Lula, amenaza en Estados Unidos de América a Trump, y amaga en nuestro país, pero no golpea. Personalmente creo que el Ministerio Público actúa con mucha, por no decir con total independencia, del poder político. Y eso ya es un gran avance. Más bien: enorme.

Aunque es factible que muchos miembros del Ministerio Público quieran hacerse los graciosos con el poder e intentar leer sus deseos, para actuar en consecuencia. Pero no como una política o dirección institucional del órgano. En relación a esto, entiendo, han tenido un salto cualitativo.

Entiendo que en la actualidad no se podría afirmar que existe una dirección desde el Poder Ejecutivo de las ejecutorias que lleva a cabo la Procuraduría General de la República. Obvio, el poder político sabe de muchas de sus actuaciones, por ser la suprema autoridad de los organismos de inteligencia y seguridad del Estado, pero no creo que dirija las actuaciones de la Procuraduría. Esto por varias razones. Una es que, si bien es cierto que la doctora Germán Brito llegó al puesto casi en condición de ícono nacional tras el nefasto hecho de la evaluación para juez de la Suprema Corte de Justicia, esta lleva consigo casi 40 años de vida pública con importantes muestras de independencia, incluso en la “dictablanda” de Balaguer; además, la misma posee un notable sentido de la historia. Por lo que, entiendo, no necesita el puesto para terminar bien su dilatada carrera judicial.

En el país, volviendo a la actividad política, amén de las desgracias y robos históricos de muchos miembros de nuestra clase política, hemos tenido un sistema de partidos fuerte que, personalmente, entiendo debemos mantener. Un ajusticiador social sería una desgracia para todos. Ahora, la crisis de credibilidad en la marca de varios partidos políticos nacionales se debe, precisamente, al accionar histórico de nuestros políticos. La desmesura, como debe ser toda desmesura, parecía no tener límites e iba en ascenso. No se oteó a la distancia el peligro.

Hoy es más difícil ejercer el poder. Mañana, parece, lo será aún más.

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