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Me emocionan las fotos donde aparece el padre, extremadamente feliz, abrazando al hijo que acaba de graduarse. La última vez que viví esa experiencia, como legado, le escribí lo siguiente a mi retoño, que empezaba a forjar su propio camino entre luces, sombras, obstáculos y triunfos.

“En la vida las victorias son circunstanciales y las derrotas fugaces. El poder, la gloria y la fama pasan, al igual que el fracaso, la tristeza y el dolor. Solo el cumplimiento del deber perdura, como un imborrable tatuaje en el alma.

No nos creamos los protagonistas, los amos del universo, dizque porque temporalmente somos importantes y famosos. Resaltemos la sencillez como una virtud que nos engrandece. Todo es más simple de la cuenta; danzamos al compás de risas y llantos, de amores y sinsabores, de ilusiones y realidades.

La solidaridad es un don que nos hace trascender como personas. Nos enseñó Aristóteles que la felicidad consiste en hacer el bien. Ayudar al prójimo tiene incluso algo de egoísmo sano, pues en ocasiones el que tiende la mano amiga se siente más satisfecho que quien la recibe.

La paz es la auténtica riqueza y solo habita en un ambiente marcado por la responsabilidad, el trabajo, la honradez y la vocación de servicio. ¡Tristes las noches en las que no podemos dormir tranquilos porque algo indebido hicimos!

Lee, estudia, observa, que el conocimiento nos hace libres y nos motiva a pensar con luz propia más allá de las apariencias. Ama a tu patria, a tu familia, al ser humano; no te enfoques en lo material, que el valor de las cosas es proporcional al uso que le das; respeta el medio ambiente, protege a la madre tierra y a todo lo que viva en ella.

Aprende a guardar silencio cuando es debido. La razón, para ser eficaz, debe externarse en el momento preciso, sin precipitaciones, pero con seguridad y valentía. Toma decisiones, no te duermas, que vivir es decidir. Y, algo esencial, ten siempre fe en Dios.

Haz lo correcto. Llévate de tu conciencia si dudas. Mientras más definidos tengas tus principios, mejor. Las buenas acciones son inmortales y son la mejor herencia que podemos dejar. Nuestra conducta debe servir de ejemplo a los demás. Sé tolerante. Evita juzgar.

Asume grandes y nobles metas, porque nadie se eleva más allá de lo que aspira. Cada acto de tu existencia analízalo con el corazón y la cabeza. Con el corazón, para sentir que respiras y que puedes lograr lo que te propongas, siempre de buena fe; y con la cabeza, analizando seriamente cada paso que darás, apartando emociones dañinas y seguros del sendero escogido para avanzar”.

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