Aprendimos a sobrevivir con humor. Nos reímos fuerte, contamos cuentos y “relajamos” como si eso nos curara todas las heridas. Pero ese mismo humor (cuando no se mide) puede convertirse en una aguja invisible: una microagresión.
Es ese comentario “inocente” sobre el cuerpo de alguien, la burla disfrazada de chiste, el tono condescendiente que te habla como si tu cabeza fuese hueca. No hace estallar un escándalo, pero va horadando el ánimo del otro hasta que apagamos su luz.
Decimos: “¡Tú sí estás gordita… pero linda!”, como si el segundo adjetivo borrara el primero. O soltamos: “Tú para ser de tal ciudad hablas bien”, creyendo que es elogio cuando es desprecio de guante blanco. Y está el clásico “relax, es jugando”, justo después de cruzar una línea que nunca debimos pisar. Esa muletilla es la curita que nos ponemos para no mirar de frente lo que hicimos: herir.
La microagresión tiene una hermana callada: el tono. Podemos decir “buenos días” y, con la entonación adecuada, hacerlo sonar a “llegaste tarde”.
Hay frases que bailan y otras que empujan. Muchas veces no recordamos las palabras exactas, pero el cuerpo se acuerda del tono que lo minimizó.
¿Por qué insistimos en estos “juegos”? Porque nos enseñaron que la dureza es virtud, que el que se ofende es “muy sensible” y que la corrección es “amargue”. También porque evitamos conversaciones incómodas: es más fácil disimular crueldad como chiste que admitir que cargamos prejuicios. El humor sin empatía es apenas un machete con sonrisa.
¿Se puede cambiar? Sí, ¿Cómo? Antes de hablar, hagamos una pausa: ¿esto aporta o hiere? Si es sobre el cuerpo, el pelo, el acento o la vida privada, probablemente no hace falta decirlo. Si “solo yo” me río, no es chiste: es hostigamiento. Y si alguien me dice “eso me dolió”, la respuesta adulta no es “ay, qué exagerado”, sino “no lo repetiré”.
Del otro lado, también hay trabajo: poner límites sin quemar puentes. Frases como “prefiero que no hagas comentarios sobre mi cuerpo” o “ese chiste me incomoda” son ejercicios de higiene emocional. No todo lo que duele merece guerra, pero sí merece nombre. Nombrar es el primer acto de dignidad.
En nuestro entorno, probemos otra tradición muy dominicana: el cuidado. La misma boca que desarma puede levantar. En vez de “tú si estas feo”, digamos “¿cómo te sientes hoy?”. Cambiemos el aplauso a la burla por el aplauso a la valentía: la de quien limita, la de quien escucha, la de quien aprende.
Y así como el salitre oxida las rejas sin hacer ruido, estos gestos van oxidando vínculos, equipos, familias, amores.
Si queremos una sociedad más luminosa, cuidemos el tono, afilemos la empatía y hagamos del humor un puente, no un arma. Porque aquí, donde el sol todo lo revela, también podemos elegir hablar de un modo que deje a la gente más alta, más libre y viva.
