Por: Alfredo López Ariza

En la República Dominicana existen diversas familias de origen levantino que, según tradiciones históricas y genealógicas, pueden remontar sus raíces a antiguas tribus árabes cristianas como los gasánidas, una confederación vinculada a la tribu Azd del sur de Arabia, en la región que hoy corresponde principalmente a Yemen. Estos migraron hacia el Levante entre los siglos III y IV d. C., en el contexto de los movimientos tribales asociados a la destrucción de la presa de Marib. Se establecieron en territorios que hoy corresponden a Siria y Jordania, donde formaron un reino federado aliado del Imperio Bizantino, que desempeñó un papel político y militar relevante en la región durante más de cuatro siglos, hasta su declive con la expansión islámica en el siglo VII.
Tras la caída del reino, estos se integraron en ciudades de profunda tradición cristiana como Belén. Allí, la estructura social llegó a organizarse en siete clanes tradicionales. Seis de ellos eran mayoritariamente cristianos: Al-Najajreh, Al-Farahiyeh, Al-Anatreh, Al-Tarajmeh, Al-Qawawseh y Al-Hreizat. El séptimo, Al-Fawaghreh, era musulmán. La bibliografía genealógica e histórica sostiene que tres de estos clanes cristianos —Najajreh, Farahiyeh y Anatreh— procedían de los gasánidas.
En el caso del clan Al-Farahiyeh, la tradición sostiene que se habría formado a partir de un sacerdote gasánida llamado Farah, palabra que significa «alegría» en árabe. Según esta tradición, Farah habría migrado desde la región de Wadi Musa, en Petra (actual Jordania), hacia Belén. Wadi Musa formó parte del territorio del reino en el sur de Jordania durante los siglos V y VI d. C., lo que sustenta la narrativa de una migración de gasánidas hacia Belén. Con el tiempo, los descendientes de Farah habrían constituido el núcleo del clan Farahiyeh, consolidándose como uno de los siete clanes de la ciudad.
En el caso dominicano, una de las familias de origen belenita es la familia Lama, que llegó inicialmente a Haití y posteriormente se estableció en Barahona, con ramificaciones en Bahoruco, La Romana y Santo Domingo, entre otras localidades. La bibliografía sobre los clanes de Belén sitúa a los Lama como un subclan del Farahiyeh, históricamente conocido por su dedicación al comercio y a la artesanía del nácar, actividad emblemática de la ciudad. A este clan también pertenecen familias dominicanas como Elias, Nasser, Haddad, Atik y los Baboun de Haití, vinculados al subclan Makhalif de Al-Farahiyeh. Asimismo, familias dominicanas como Ghattas, Handal, Hazboun (Hasbun) y Sansour se asocian al clan Najajreh.
Un dato interesante es que dos presidentes latinoamericanos actuales descienden de familias pertenecientes al clan Al-Farahiyeh. Entre ellos se encuentra el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, quien por la línea de su abuela paterna Victoria Kattán forma parte de este linaje. De igual manera, el recién electo presidente de Honduras, Nasry Asfura, pertenece al mismo clan, pues por vía paterna desciende del subclan Khumsan y por vía materna del subclan Ghanem, ambos integrados en Al-Farahiyeh.
En el Líbano, una rama de jeques con ascendencia gasánida, la familia El-Chemor, ha impulsado iniciativas académicas y culturales destinadas a preservar la memoria histórica a través de la Academia Real Gasánida de Artes y Ciencias. Esta institución, presidida por el Dr. Thomas Schirrmacher, promueve publicaciones e iniciativas de diálogo interreligioso tanto en la región como en la diáspora.
Resulta pertinente impulsar en la República Dominicana estudios más profundos que permitan documentar con mayor rigor la migración levantina y su impacto en la formación social y económica del país. Muchos de estos inmigrantes fueron llamados erróneamente «turcos» debido a que portaban documentación del Imperio Otomano, que gobernaba el Levante al momento de su salida. Sin embargo, la región era considerablemente más diversa.
Además de judíos y árabes cristianos y musulmanes, coexistían comunidades asirias, arameas, drusas, armenias y turcomanas, entre otras, cada una con trayectorias históricas e identidades propias. Reconocer esta diversidad y comprender el origen específico de estas familias, hoy plenamente integradas a la sociedad dominicana, permite apreciar con mayor claridad cómo estas corrientes migratorias procedentes del Mediterráneo oriental contribuyeron de manera significativa a la vida económica, social y cultural del país. Su legado forma parte de la historia compartida entre el Levante y el Caribe.
