La bofetada de Macrón habla más de estereotipos que de política

Días atrás, los medios y las redes sociales del mundo viralizaron las imágenes en las que el presidente francés, Emmanuel Macron, recibía una bofetada de parte de su esposa. Luego del incidente, el mandatario dio declaraciones en las que indicaba que no había habido ningún tipo de violencia en el hecho divulgado.

Sin embargo, lo que llama a la atención del evento no es la situación en sí, sino la reacción de la gente. En X —antiguo Twitter— las publicaciones eran de diversión, memes, burla. Y al igual que mucha gente, me pregunté: ¿qué hubiera pasado si el video mostrara a Emmanuel golpeando a su esposa?

La respuesta a esa pregunta no depende solo de lo que se ve. Está relacionada con lo que ya se piensa sobre quienes están en la imagen.

Desde hace décadas se sabe que las personas no reaccionan solo ante los hechos, sino ante lo que esos hechos representan según las etiquetas mentales disponibles. Las ciencias sociales lo llaman estereotipos. Son atajos cognitivos que reducen la complejidad y ayudan a organizar el mundo, aunque también pueden distorsionar la percepción.

La bofetada de una mujer a un hombre puede ser vista como una escena cómica porque se parte de la idea de que la mujer no representa una amenaza real. Esa misma escena, invertida, suele leerse como un acto violento porque el estereotipo del hombre fuerte y dominante activa la alarma. No se evalúa la bofetada. Se evalúa a quien la da.

Esta forma de pensar también aparece en la justicia. En las decisiones legales y en el juicio público influyen los mismos sesgos. Uno de los más comunes es el sesgo de confirmación. Si se cree que las mujeres son más emocionales y menos agresivas, cualquier acción violenta puede verse como una reacción justificada o inofensiva. Si se cree que los hombres deben ser duros, un hombre que denuncia violencia puede ser tomado como débil o poco creíble.

Hay más de dos y tres casos en los que las noticias de nuestro país han recogido historias de hombres que denunciaron que cuando fueron a poner una querella a la policía, los agentes se burlaron de ellos. El clásico “mamita” o “mujercita” aparece de inmediato. Muchos recordamos cómo en la infancia era una ofensa que te dijeran: ¿Te va’ dejá’ da’ de una mujer?”

Obviamente, los sesgos van más allá del género. Supongamos que el restaurante de una figura pública o adinerada se incendia. En ese evento mueren algunos comensales y parte del personal.

Es probable que la opinión pública desconfíe de la respuesta judicial. Más aun, posiblemente dirían que, si el restaurante fuera un comedor perteneciente a una señora de barrio, seguro la mujer estaría presa ese mismo día.

Esa percepción no es infundada. La evidencia sugiere que la clase social tiene un peso importante en las decisiones legales. Las personas con recursos acceden a mejores defensas y encuentran salidas legales más favorables.

Lo que ocurre con la clase ocurre también con la discapacidad. Las personas con discapacidad enfrentan estereotipos que influyen en cómo se interpreta su participación en eventos sociales. A veces se las infantiliza y se duda de su capacidad de tomar decisiones. En otras ocasiones se las invisibiliza como sujetos activos.

En el sistema judicial, estas etiquetas pueden hacer que sus testimonios sean desestimados o que se les niegue la participación directa en procesos que les afectan. En lugar de ser tratadas como ciudadanos plenos, se las encasilla en el rol de pacientes o protegidos.

Un ejemplo fue el caso de Miguel Mejía, durante el fraude de la Lotería Nacional. El juez determinó que por su ceguera no podía juzgarlo igual que a los demás, así que le dictó una sentencia más blanda que al resto de criminales.

Estos mecanismos, además de operar a nivel individual. Operan también en instituciones, medios y políticas públicas. Las decisiones en salud mental, por ejemplo, han estado históricamente influenciadas por estereotipos de género. Las mujeres han sido diagnosticadas con mayor frecuencia con trastornos como depresión o ansiedad, y se han recetado medicamentos sin causas biológicas claras. El mismo relato de malestar puede recibir diagnósticos distintos según el género, el origen étnico o el nivel socioeconómico de quien lo cuenta.

La escena del presidente francés que recibe una bofetada puede parecer trivial. Pero la reacción que generó dice mucho. Dice cómo se construye el juicio colectivo. Dice que no siempre se mide con la misma vara. Dice que para entender lo que pasa, no basta con ver el hecho. Hay que entender cómo se interpreta. Y quién lo interpreta.

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