Mientras siga teniendo el virtual endoso del presidente de Estados Unidos, el dictador ruso no cesará en su criminal empeño de apoderarse de Ucrania. Los cuestionables empeños de Trump en busca de una paz negociada del conflicto se inclinan a favor de Putin y solo lo mueve el futuro control de importantes riquezas minerales de Ucrania, fundamentales para preservar el hegemónico poder estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial.
La guerra seguirá mientras los ciudadanos rusos de sus grandes ciudades sigan ajenos a sus efectos. La vida citadina sigue allí muy lejos del conflicto, lo cual no es el caso de Ucrania donde a diario Putin bombardea escuelas, hospitales, estaciones de trenes y edificios familiares, cortando la electricidad y la calefacción en el peor invierno en décadas.
Mientras Putin ataca a la población civil para quebrar la resistencia de Ucrania, Kiev centra su defensa en objetivos militares y la industria petrolera. Y si bien esa estrategia lesiona su economía de guerra, la vida en Moscú y San Petesburgo continúa normal y el sonido de las explosiones no les llega ni altera sus actividades cotidianas, para la tranquilidad del monstruo que reina en el Kremlin, como el más fiero y peligroso zar que haya tenido Rusia.
Después de cuatro años de agresión, Rusia no ha logrado ni el cinco por ciento de los objetivos de una “operación militar especial” que, según sus cálculos, le tomaría apenas una semana para llegar con sus tanques a Kiev y adueñarse del país.
La enfermiza obsesión de Putin, en el poder desde 1999, se inició en el 2014 con la ilegal anexión de Crimea. Ni entonces ni ahora Estados Unidos ha alzado su poderosa voz para condenarlo. A pesar de las garantías de seguridad ofrecidas en 1994 por EE.UU. y Rusia, cuando Ucrania decidió deshacerse de su arsenal nuclear, entonces el tercero más grande del mundo.
