En nuestro artículo publicado en el periódico El Caribe el pasado 29 de marzo de 2021, titulado “Satanizando a unas cenizas, pero a otras no”, dijimos que “Nuestras primeras cenizas llegaron con las primeras erupciones volcánicas ocurridas hace más de 4,500 millones de años, cuando todavía la Tierra estaba incandescente y carente de vida, y por ello, cuando aparecieron los primeros organismos unicelulares, procariotas y eucariotas, hace unos 3,500 millones de años, ya las cenizas tenían 1,000 millones de años cubriendo grandes extensiones territoriales, y durante ese tiempo la radiación solar meteorizó y degradó las rocas volcánicas y los cúmulos de cenizas volcánicas, formando así los suelos residuales originales que alimentaron y transfirieron sus elementos químicos minerales a las primeras plantas y luego a las primeras células de la vida animal a partir de la cual evolucionaron los demás animales, hasta llegar al ser humano actual, siendo la razón por la cual todos los seres vivos, plantas y animales, contenemos minerales, y como los minerales no se queman, entonces, cuando quemamos árboles y sus derivados, incluyendo carbón vegetal y carbón mineral, o quemamos un cuerpo animal, solo cenizas quedan como producto mineral final”.

También dijimos que “Es bien conocido que cenizas volcánicas y cenizas de leña eran utilizadas por los romanos, 2,000 años atrás, para mezclarlas con cal y agua de mar para obtener cemento puzolánico, el cual permitió erigir la ciudad de Roma y las principales ciudades del Imperio romano, y nunca se reportó toxicidad, como también es bien conocido que las cenizas han sido históricamente utilizadas para mejorar suelos agrícolas pobres en minerales, y en la agricultura nunca se ha reportado toxicidad por uso de cenizas”.

Y luciría que el artículo era una especie de presagio de lo que 10 días después vendría cuando el volcán La Soufriere, ubicado en el área norte de la isla de San Vicente, en el arco insular de las Antillas menores, haría erupción explosiva, y sus columnas de finas cenizas, de hasta 8 kilómetros de altura, cargadas de dióxido de azufre (SO2), llegarían a cubrir toda la isla de San Vicente, y parte de las islas vecinas, incluyendo a la isla de Barbados, por lo que unas 20 mil personas tuvieron que ser evacuadas, pero desde ahí los vientos ecuatoriales se encargaron de llevarlas hacia el este hasta el norte de África, Europa y Asia, afectando a Mauritania, Senegal, Mali, Argelia, Níger, Nigeria, Chad, Libia, Egipto, Sudán, Yemen, Arabia Saudita, Israel, Siria, Jordania, Turquía, Grecia, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Omán, India, China y Japón, mientras que un posterior flujo de vientos hacia el oeste trajo cenizas y dióxido de azufre hacia las Antillas mayores y hacia el norte de Suramérica y Centroamérica, llegando hasta el sur de La Florida, lo que implica que billones de toneladas de cenizas volcánicas se han dispersado en tres cuartas partes del cinturón ecuatorial del planeta Tierra, añadiendo altas concentraciones de hasta 200 miligramos de SO2 por metro cuadrado de columna de aire, como si la naturaleza hubiese querido recordar que al hablar de cenizas nunca debemos exagerar hablando de toxicidad.

Simon Carn, vulcanólogo de la Universidad Tecnológica de Michigan, ha estimado que “el volcán La Soufriere ha emitido entre 0.4 y 0.6 teragramos (400 mil a 600 mil toneladas) de SO2 a la atmósfera superior, que es la emisión más alta jamás registrada después de que los satélites comenzaron a observar la atmósfera de la Tierra a mediados del pasado siglo 20”, al tiempo que el radiómetro espectral de la Agencia Aeronáutica y Espacial de los Estados Unidos (NASA) ayudó a determinar que las erupciones volcánicas que ocurrieron el 10 de abril en La Soufriere fueron suficientemente potentes para que sus emisiones de SO2 alcanzaran 20 kilómetros de altura sobre la superficie de la Tierra, lo que implica que el SO2 ha subido más arriba de la troposfera y ha entrado en la estratosfera, y como la estratosfera es un espacio seco, sin humedad, diferente a la troposfera que siempre está cargada de vapor de agua, entonces el SO2 que llega a la estratosfera se mantiene en el aire por más tiempo y se desplaza a mayores distancias, por lo que sus impactos ambientales y humanos son mayores y más duraderos.

Es bien conocido que el dióxido de azufre (SO2) emitido desde el planeta Tierra, y que alcanza la troposfera, reacciona con el vapor de agua (H2O) para formar ácido sulfúrico (H2SO4) que puede caer con la lluvia, pero como normalmente el agua de lluvia es ácida (pH=5.5) fruto de las altas concentraciones (417 ppm) de dióxido de carbono (CO2) presentes en la troposfera, entonces ahora la adición de los grandes volúmenes de SO2 emitidos por el volcán La Soufriere aumentarían la acidificación del agua de lluvia (pH=4-5), pudiendo generar lluvias ácidas que afecten a la agricultura, a los bosques, a la fauna y a los seres humanos sensibles a la acidez, además de que el polvo fino afectaría a personas con enfermedades respiratorias o alergias respiratorias, lo que amerita monitoreo permanente en los países cubiertos por estas densas nubes de cenizas cargadas de SO2, quedando demostrado que en realidad, una cosa es contaminación y otra cosa muy diferente es toxicidad.

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