Novedades macroeconómicas

Para los y las macroeconomistas, es decir, para quienes analizan el comportamiento de los grandes agregados como el PIB, el nivel general de precios, el consumo, la inversión y la oferta monetaria, los últimos cuatro años han sido muy buenos y aburridos a la vez. El desempeño ha sido destacado, al tiempo que ha sido muy estable y hasta previsible. Pocas cosas emocionantes han pasado, excepto que el precio del petróleo cayó y se mantuvo bajo por más de dos años, contribuyendo a la reducción del déficit externo y a la expansión de la actividad económica.

El crecimiento anual del PIB ha estado por encima de la media histórica (con la excepción de 2017, cuando estuvo por debajo), la inflación media anual ha sido de menos de 3%, la tasa de devaluación promedio por año del peso respecto al dólar ha estado en esa misma vecindad, el déficit del Gobierno Central parece haberse ubicado (subrayo parece) entre 2% y 3% del PIB, y el del Banco Central ha estado algo por encima de 1% del PIB.

Es cierto que, con toda razón, casi todos los macroeconomistas han advertido sobre los riesgos que entrañan tanto el manejo fiscal que ha dado soporte a ese desempeño, como la política monetaria que ha contribuido a la estabilidad de precios y de la tasa de cambio. También muchos han llamado la atención sobre las debilidades productivas y competitivas de la economía, y sobre su poca capacidad de generar bienestar amplio. A pesar de eso, en ese período, el manejo macroeconómico no se modificó y no parece que lo hará en el futuro inmediato.

En ese contexto, ¿hay novedades o las habrá en lo inmediato?

Crecimiento

En lo relativo al crecimiento de la producción, todo parece indicar que 2018 cerrará con un desempeño superior al esperado por todo el mundo. La expansión del PIB podría terminar ubicándose por encima de 6%, en la medida en que, entre enero y julio, las cifras preliminares la estiman en 6.7%.

Es posible que las cifras del crecimiento durante el segundo semestre sean más bajas que lo usual para los segundos semestres o que las observadas en el primer semestre porque el crecimiento en el segundo semestre de 2017, contra el que se compararía el segundo semestre de 2018, fue alto. En el primer semestre, las cifras fueron altas en parte porque se comparan con unas muy bajas del primer semestre de 2017. Para el segundo semestre sería la misma lógica, pero a la inversa de lo que lo hizo en el primer semestre.

A pesar de eso, el crecimiento sigue siendo más fuerte de lo esperado. Le ha ayudado varias cosas. Primero, la continua expansión de la construcción, sector se mantiene explicando una parte importante del crecimiento. Segundo, una relativamente holgada disponibilidad de divisas, a pesar del crecimiento de los precios del petróleo. Esto lo explica el crecimiento del turismo que ha sido impulsado por el aumento de la actividad económica en Estados Unidos, el mayor endeudamiento en dólares del gobierno en dólares (el cual se acompañó de menos endeudamiento en pesos de lo previsto), y a un mejor desempeño de las exportaciones. Tercero, el crecimiento del consumo y de la inversión sigue siendo alto, lo que empujó la demanda y la producción en general.

El sector externo

En el frente externo hay dos novedades, una positiva y otra negativa. La positiva es que las exportaciones de bienes han acelerado su crecimiento. El Banco Central informó que en el primer semestre, crecieron un 8.4% (421 millones de dólares) con respecto al nivel observado en el primer semestre de 2017. Este crecimiento es mayor al observado en el primer semestre del año pasado (5.7%). Todavía estamos lejos de hablar de un cambio de tendencia en las exportaciones, que han mostrado un dinamismo insuficiente, y no hay razones de fondo para pensar en algo así esté ocurriendo, pero ese comportamiento representa un alivio de corto plazo a las cuentas externas.

La negativa es que debido al aumento en los precios internacionales de los hidrocarburos, la factura petrolera creció en casi 434 millones de dólares (31.7%) en el primer semestre de 2018 comparado con el mismo período de 2017. Eso significa que el aumento de las exportaciones apenas sirvió para contrarrestar el efecto del petróleo en las cuentas externas.

No obstante, en términos agregados, las cuentas externas desmejoraron moderadamente. Aunque el aumento de las exportaciones contrarrestó el incremento en la factura petrolera, el crecimiento de los ingresos por turismo y por remesas, ayudados por el dinamismo económico en Estados Unidos, no compensó el incremento en las importaciones no petroleras. El dinamismo de la demanda interna hizo que las importaciones de bienes de consumo aumentaran en casi 530 millones de dólares (14.7%), las de materias primas en 353 millones (17.5%) y las de bienes de capital en 171 millones (16%). El resultado fue que el saldo de la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos, esto es, el de las operaciones “regulares” de la economía con el exterior (exportaciones e importaciones de bienes y servicios, incluyendo turismo, flujos de remesas y repatriación de utilidades de empresas), cerrara en negativo por primera vez desde 2016.

Cuentas fiscales

No hay mucho que se pueda decir con seguridad sobre la evolución de las cuentas fiscales. Las cifras oficiales indican que, hasta agosto, el gasto total acumulado había sido de 412 mil millones de pesos, un 60% del total de gasto aprobado en el presupuesto para todo el año, y que los ingresos fueron de casi 403 mil millones o un 67% del nivel previsto.

El resultado de eso fue que, hasta ese mes, con dos tercios del año transcurrido, el déficit acumulado era de sólo poco más de 9,200 millones de pesos. Eso equivale a apenas el 10.6% de los 87 mil millones previstos para todo el año. Esa es una cifra difícil de creer y sugiere que una parte de los gastos no está todavía debidamente asentada en las cuentas. También dice que éstas, tal como aparecen, dicen muy poco respecto a cómo el gobierno ha ido ejecutando el gasto y hasta donde ha sido efectivo en el esfuerzo por respetar los límites establecidos en la ley de presupuesto y cumplir con la meta de déficit fiscal. No es que el déficit se deba comportar linealmente en el tiempo. Eso pasa, claramente, con el gasto corriente, que es más del 85% del gasto total, y no así con los gastos de inversión, los cuales dependen en parte de las dinámicas de cada proyecto. Pero, con dos tercios del año a cuestas, el hecho de que el déficit reportado sea tan bajo motiva a reiterar las preocupaciones sobre la claridad de una parte de las cuentas.

Menos dudas hay respecto al financiamiento. Se reporta haber recibido el 82% de los créditos aprobados para el año, quedando pendiente por recibir más de 38 mil millones, y haber saldado el 64% de los vencimientos de deuda. Eso significa que todavía hay importantes vencimientos por pagar (casi 46 mil millones) antes de fin de año.

No obstante, la propuesta de presupuesto para 2019 provee una nota de optimismo desde el punto de vista macroeconómico. La pieza aprobada por el Consejo de Ministros propone que en 2019 se alcance un déficit del sector público no financiero de menos de 75.6 mil millones de pesos, lo que equivaldría al 1.7% del PIB. Si la meta de déficit para 2018 (87 mil millones o 2.2% del PIB) se cumpliera, la de 2019 supondría una reducción de moderada (de cerca de 12 mil millones o 0.5% del PIB) y enviaría una señal positiva de contención fiscal.

Es verdad que la ley de presupuesto no tiene la suficiente credibilidad como para pensar que lo aprobado será lo cumplido.
Esa falta no sólo se le debe a los desastres naturales que descarrilan cualquier presupuesto sino a otros elementos mucho menos legítimos. Pero sería la primera vez desde 2015 que se plantea una reducción de esa magnitud. Esto no merece ser pasado por alto. Ante todo, debe ser exigido.

En síntesis, las novedades son un mayor crecimiento de lo esperado, un deterioro moderado del balance externo por efectos del petróleo y del crecimiento, y una promesa de contención fiscal en 2019.

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