La historia demuestra que las sociedades han utilizado la moral para dividir a las personas entre “buenos” y “malos”, especialmente cuando se trata de riqueza y poder. La idea de que todo rico es inherentemente perverso, terminó convirtiéndose en un recurso político útil para construir enemigos visibles. Sin embargo, ninguna ideología ha logrado eliminar realmente a las élites; solo cambian de rostro o se reorganizan bajo nuevas estructuras. Cuba, con militares controlando sectores estratégicos, o la Rusia postsoviética, donde el poder recicló antiguas jerarquías, son ejemplos evidentes. El poder no desaparece, se transforma y se adapta.
