La política dominicana no puede seguir funcionando como herencia familiar. Nadie niega el derecho de un hijo, esposa o hermano a participar, pero cuando los partidos se llenan de los mismos apellidos, la democracia se estrecha. El problema no es la familia, sino el privilegio que abre puertas sin mérito, trabajo comunitario ni capacidad demostrada. Los partidos deben formar líderes, no repartir espacios como patrimonio privado. Si los jóvenes entienden que para avanzar necesitan apellido, padrino o dinero, se alejarán de la vida pública. Una democracia sana exige renovación, competencia limpia y oportunidades reales para quienes vienen de abajo.
