Un diciembre extraño

Luis Córdova
Especial para elCaribe

El vecino (ese ser atormentado) ignora toda norma de urbanidad y vuelve la estridencia a poner a prueba la paz y la tolerancia de todo el residencial.

Su música, con acordes tan pobres como antes debieron ser sus finanzas, rememoran una época dolorosa que por una extraña razón hoy celebra como si la hubiese superado.

Pero la indulgencia, esa excusa de los cobardes, deja que abuse de nuestros derechos porque “estamos en diciembre” y eso significa que, incluso oficialmente con permisos del Gobierno, se relajen las normas, se ponga a prueba la paciencia y la imprudencia y el desorden se embriaguen en alcohol o en alguna ilicitud. Total, se repite, es el último mes del año.

Pero ha sido raro, al menos sus primeras semanas han sido marcadas por muerte y decepción.

Una buena parte del año el país la pasó en un duelo secuestrado. El desplome del techo de la discoteca Jet Set, con la muerte de más de doscientos inocentes, postró al país entre lo humano, lo judicial y la estrategia mediática.

Pero la muerte cruzó la fiesta. Poco importa lo acomodado de un juicio, la estrategia, los acuerdos, la bien conducida filtración en los medios. El merengue, un ritmo que agonizaba, expiró entre las ruinas y las lágrimas de quienes solo bailaban.

Me detengo en lo humano, eso que fue herido. Doblemente el dolor se manifestó en el caso de la muerte de Stephora. Además de la tragedia, el drama de una madre que tuvo que enterrar entre la sorpresa y la incertidumbre a su única hija. Tuvo que escuchar falacias, medias verdades y la crueldad de quienes no repararon el dolor para monetizar y buscar visualizaciones en unas redes y una mass media insaciable de especulaciones con indolentes traficantes del dolor y la reputación ajenas.

Pero la rueda sigue girando, llega el duodécimo mes con brisas y vientos, fiestas, conciertos hasta filarmónicos, bachatas, bonos, fundas (sí, volvieron las efectivas y criticadas fundas), regalos que pagaremos con la bondad de préstamos a futuro sin imaginar que sería tema del fariseísmo mediático.

La corrupción vuelve. Teorías conspirativas, especulaciones de las consecuencias políticas, implicados que postulan una inocencia ridículamente cándida y la conversión a buen ladrón, igual que en el Gólgota, sin importar el peso del pecado una palabra basta para salvarlo.

Ver la desfachatez, la socarrona complicidad y consideración con los del Senasa. Audiencias a puertas cerradas, sin videos virales, se debe respetar lo que antes maliciosamente se irrespetó. Sin esposas, sin capturas, por invitaciones es mejor; no olviden las mascarillas al salir de la sala porque hay que evitar la foto que guarde para la posteridad este amargo momento, a fin de cuentas son inocentes hasta que no se les condene.

Es un diciembre extraño no porque sorprendan cosas nuevas, sino porque no extraña repetir escenas, como las antiguas plenas y bombas puertorriqueñas que vuelven a sonar al final de año. No hubo cambios, hemos sido y seremos lo mismo.

Pero estamos próximo a celebrar, sí. Igual que mi vecino celebra sus penas, como la bachata que amargamente feliz se cuela desde el residencial vecino, mientras ignora que hace mucho Octavio Paz habló de su caso en El laberinto de la soledad: “Las fiestas son una reconciliación con el tiempo”.

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